La Sagrada Familia. Un puente entre siglos
Barcelona no sería la misma sin las formas imposibles, los colores vibrantes, y la genialidad arquitectónica de Antoni Gaudi, el arquitecto que trasformó la fisonomía de la ciudad, sino que expandió los límites de lo que se conocía como arquitectura. Antes y ahora… para siempre.
Con la visita de León XIV a la Sagrada Familia, he vuelto la mirada atrás, a mi ciudad, a mi iglesia, porque resulta curioso, lo que tienes cerca, lo que está ahí todos los días, no lo ves, tienes que estar lejos para verlo en tus recuerdos, valorarlo y sentir ese orgullo de pertenencia. El viernes publiqué un pequeño cuento, una ensoñación, sobre el que se conoce como el arquitecto de Dios, y fue esa frase la que me dio la idea de un Gaudí, creyente sobre todas las cosas, místico, poseedor de una espiritualidad envolvente, lo que me hizo pensar en escribir esas líneas donde va al encuentro de Él, porque necesita su aprobación, contarle sobre sus dudas unas dudas generadas quizá a raíz de la frase que acompañó a su titulación como arquitecto: “No sé si la hemos dado el título a un loco o a un genio, el tiempo lo dirá”
Porque claro, no es lo mismo diseñar el Palacio Güell, la Casa Batlló o cualquier otra construcción, concebidas para el ojo y disfrute del hombre, que diseñar lo que iba a ser la mayor casa para Jesucristo en todo el planeta, por eso va en su búsqueda y en el relato, Antoni Gaudí regresa con un aprobado.
Espero que te haya resultado interesante, si es que lo has leído, sino, léelo y sacas tu propia conclusión sobre su significado.
Antoni Gaudí nació en 1852, en una España que aún conservaba muchas estructuras sociales y culturales heredadas del pasado y, que, en cualquier caso, resultaban más difíciles de romper que las mismas piedras con las que trabajaba el genio catalán. Desde muy joven mostró tener una sensibilidad especial hacia las formas de la naturaleza: Mientras que la mayoría de arquitectos de su tiempo estudiaban principalmente edificios, él observaba árboles, montañas conchas marinas y panales de abejas. Estaba convencido de que la naturaleza era el gran libro donde se podía aprender la arquitectura, y un día llegó a la conclusión que
Dios, en su creación, no había incorporado líneas rectas y, por ello, sus obras empezaron a alejarse de lo que era la geometría tradicional y se fue en busca de las formas curvas, orgánicas que aparentemente a los ojos de todos los demás arquitectos resultaban imposibles. Con este planteamiento en su cabeza, en 1883 asumió la dirección de la Sagrada Familia, que en un principio iba a ser un templo de estilo neogótico, iba a ser, porque en solo un año de haber empezado él a trabajar en el proyecto, todo lo convencional había desaparecido y empezó a convertirse en algo nunca visto. En un escenario nunca imaginado por los demás arquitectos, las columnas dejaron de ser simples soportes verticales para convertirse en troncos de piedra que se ramificaban como si fueran árboles. Las bóvedas comenzaron a tomar una fisonomía como de bosques petrificados, y en sus fachadas aparecieron esculturas que parecían haber estado ahí siempre, como si fueran parte de la roca. Claro, aquellas ideas eran extravagantes para muchos y para otros incomprensibles. Pero, ¿qué podía importarle a Gaudí esas opiniones? Nada, él había ido al cielo a presentar su proyecto y regresó con un ¡Sí, adelante!
Después de su muerte el 7 de junio de 1926, atropellado por un tranvía en Barcelona, la Sagrada Familia quedó huérfana, lejos de estar terminada solo una pequeña parte de lo Gaudí había imaginado se encontraba construida, y lo que era peor, gran parte de sus ideas seguían existiendo únicamente en maquetas, esas maquetas que el construía alejadas totalmente de lo convencional, en bocetos y anotaciones dispersas. De repente los arquitectos e ingenieros encargados de continuar con la obra se encontraron frente a un desafío enorme, y una pregunta aparecía en la mente de todos ellos: ¿cómo terminar un edificio cuando su creador ya no está presente para explicar sus ideas y la forma de llevarlas a cabo?
Pasaron décadas, donde la respuesta fue apareciendo lentamente. Con enorme paciencia equipos enteros de arquitectos, escultores e ingenieros estudiaron los fragmentos conservados, reconstruyeron maquetas rotas y materiales, que se pudieron rescatar después de lo destruido por la Guerra Civil, para adentrarse en la lógica del proyecto. Así la construcción con un ritmo muy lento fue avanzando. Hasta que, de Arriba, a finales del siglo XX mandaron una ayuda, la Inteligencia Artificial y todo cambió: lo que durante años y años había necesitado enormes esfuerzos manuales, podía ahora analizarse mediante programas especializados, y las superficies regladas, los paraboloides hiperbólicos (que términos tan difíciles de leer y escribir) y otras geometrías utilizadas por el arquitecto de Dios empezaron a revelar sus secretos. Muchos arquitectos entonces descubrieron con la ayuda de la IA, algo fascinante: las formas aparentemente extravagantes e incomprensibles del arquitecto catalán, eran extraordinariamente racionales.
¡Se hizo la luz! Las computadoras nunca corrigieron a Gaudí, demostraron que había tenido razón.
Hoy, con la Cruz de Jesucristo bendecida por su Santidad, casi finalizada, quizá estamos entrando al final del camino del proyecto religioso más grande que se ha construido en los últimos 226 años. Pero quién sabe, porque hay edificios que se construyen, pero hay otros que parecen crecer y la Sagrada Familia de Barcelona, pertenece a esta segunda categoría. Más que un edificio, es un organismo vivo, una obra que. ha atravesado generaciones, guerras, crisis económicas, revoluciones tecnológicas y cambios de mentalidad sin perder nunca su idea original.
Es curioso cuando se colocó la primera piedra en 1882, el mundo todavía no conocía los automóviles, la radio, la aviación, ni la electricidad tal como hoy la disfrutamos, Sin embargo, casi siglo y medio después la construcción sigue avanzando y está a punto de concluirse tal cual Antoni Gaudí la concibió.
Muere el 10 de junio de1926 tres días después del atropello, a los 73 años