Estación de tren Mataró

Un viaje a la estación de Mataró

El tren de cercanías se había ido dejándola en un andén desierto y barrido por un viento fuerte, agresivo, intimidante, que obligaba a los viajeros a buscar resguardo agrupándose en el edificio de la estación. Eran las tres de una tarde gris de mediados de febrero.

Miraba el entorno, lo hacía despacio esperando que quizá surgiera de un momento a otro algún detalle que le permitiese el enlace con su ayer ya muy lejano.

__ Todo está muy cambiado__ pensó

La fachada pintada de un rojo óxido con sus remates en un color crema le resultaba desconocida y las palmeras de abanico que aparecían aquí y allá le hicieron pensar en un escenario de alguna novela de García Márquez.

Levantó la vista hacia la terraza de la estación y entonces su cabeza se llenó voces.

__ Jugamos a que yo soy una princesa y tu mi sirviente__ la niña que se expresaba con voz de mando estaba sentada en el borde de la canaleta por donde corría el agua que salía de los lavaderos y un poco más adelante se encontraba el sirviente.

El niño de su misma edad, cinco o seis años, ejercía bien su papel, era diligente y hábil en el manejo de los cacharros. Tomó un plato y una taza y con una profunda reverencia se lo alargó a la niña diciéndole.

__ Tened majestad__.

Alguna vez, en esas mañanas de juego se asomaba la abuela del niño y en una ocasión al verlo en su papel de sirviente le dio un gran regaño en catalán y le dijo que toda su vida sería un calzonazos

Bajó la vista, los recuerdos y esas imágenes aunque nítidas habían hecho que el tiempo se volviera distante que se hubiese disparado en los años. Ahora todo le parecía infinitamente lejos.

Ella se sentía fuera de lugar, le parecía mentira que hubiese nacido ahí, en esa estación. Hubiese querido al descender del tren encontrarse con el escenario de sus recuerdos, aquel que recorría de la mano del abuelo algunas veces cuando él bajaba al despacho después de la siesta.

Recorría el andén, la línea de puertas que siempre estuvieron ahí, tras ellas se encontraba de todo, chucherías para aplacar el hambre, el café con leche que se bebía rápido antes de subir al tren, algún souvenir que llevarse del lugar, en fin, todo vivía en la estación. Después las puertas de los despachos, del factor, del jefe de estación y mucho más adelante la oficina del sobrestante.

Cruzó una de esas puertas, de repente le apremiaba conseguir lo que había venido a buscar, ver el piso en el que nació y vivió los primeros años de su vida: “el piso de la estación” como se referían en familia al lugar.

Por momentos titubeaba, no estaba segura de lo que iba ha encontrar y se preguntaba si no hubiese sido más prudente conservar los recuerdos como los había tenido hasta ese momento.

__No, quiero verlo todo__ dijo en voz alta queriendo acallar sus dudas. __Vienes de muy lejos buscando éste encuentro con la niña que vivió aquí. No puedes ahora permitirte la duda.

Un hombre negro vestido de colores chillones la contemplaba a escasos metros y al cruzar su mirada con la de ella le sonrió como si le dijera que él estaba de acuerdo.

Si el andén le había parecido muy cambiado, ahora en el vestíbulo la sensación de no reconocer nada la agobió por un momento.

Los recuerdos llegaron en su ayuda, veía a la gente hablando en la cola de las taquillas, algunos con una maleta de cartón con grandes correas esperaban el “directo a Barcelona”. Más allá unos militares hablaban entre ellos y de vez en cuando miraban de reojo al resto de los viajeros.

Ahora la taquilla esa especie de ventana pequeña que era el inicio del viaje, ya no existía más, la habían jubilado por antigua y en su lugar descubrió una especie de mostrador circular, encristalado, detrás del cual se encontraba una mujer con un micrófono.

Pensando lo que iba a decirle se encaminó hacia esa especie de escaparate, la empleada se acercó al micrófono y escuchó que le dijo.

__ ¿A dónde va?

__No, no voy a ningún sitio, quería preguntarle donde puedo ver al jefe de la estación.

La mirada de desconcierto de la empleada era evidente, una vez más se acercó al micrófono y nuevamente escuchó lo que le decía.

__ La administradora no está, salió.

Ella tardó unos segundos en entender y solo alcanzó a formular una pregunta.

__ ¿No hay jefe de estación?

__ No, es un administrador.

Ella sintió que no podía ser de esa forma, la palabra administrador la remitía a una fábrica. Debía de existir ese personaje que resumía en él todo lo que es y se vive en una estación del ferrocarril; que la cuida y la mima como si fuese de su propiedad, al menos de esa manera y con esa dedicación recordaba siempre al abuelo

__Ya no tarda en subir el abuelo, estaba despidiendo el tren que lleva las patatas a Alemania; se ha de haber entretenido hablando con el maquinista que tiene a su mujer enferma__ Frases como éstas las recordaba seguido en boca de su madre, y hacían que ella tuviese en su mente de niña al abuelo como un ser extraordinario.

Salió de sus recuerdos para preguntar

__¿Volverá?

___ Creo que sí.

Se apartó del mostrador pues había gente haciendo cola.

___ Gracias, daré una vuelta en lo que espero.

Había algo de movimiento, las personas se desplazaban con rapidez a los andenes y ella casi los seguía sin darse cuenta.

Paseaba despacio buscando un lugar exacto, después al encontrarlo abrió las compuertas de su memoria y dejó que las imágenes de ese día se adueñaran del tiempo.

___ A ver María José, te vas a portar bien, no te vas a soltar de la mano del abuelo ___ su madre le hablaba mientras le abrochaba el abrigo marrón de paño con el cuello y los puños de terciopelo.

___ Vais a bajar a la estación porque hoy es un día muy importante viene el “Carrilet.”

Todavía se asomó al hueco de la escalera y dijo.

__ Papá no dejes que la nena se desabroche el abrigo, hace frio.

Ella con poco más de cuatro años solo vio un tren, un tren como de juguete pero grande con la máquina y el furgón del carbón pintados de verde, luego los vagones uno amarillo, otro rojo y uno más de un verde grisáceo

Le gustó tanto que durante días estuvo diciendo que quería subirse a ese tren.

Pasó mucho tiempo, creció y entonces supo la historia del “Carrilet”. Pero aún así nunca dejó de verlo con la magia y el encanto de ese día, con los ojos de la niña que era.

Hoy en la entrada de su casa entre un dibujo antiguo a lápiz de la iglesia de Albarracín y la Orden de lealtad a la República Española en el Exilio, un cuadro con una reproducción del “Carrilet” mantiene vivo su recuerdo en ella.

Un grupo de jóvenes estudiantes se reían y hacían bromas esperando su tren, ella pasó a su lado camino a la salida, cambió una sonrisa con ellos queriendo darse un baño de juventud y siguió hacia la puerta, cruzó el vestíbulo y salió a la calle donde el aire la arrinconó junto a la puerta de la cafetería y los recuerdos llegaron hasta ella, esta vez, desde la voz de su madre.

__ Las nietas de la señora Antonieta del restaurante vendrán esta semana desde Portugal a pasar las vacaciones escolares con ella, las van a mandar solas en el avión desde Lisboa, como cada año___ la oyó comentar

__ Es increíble __ era su padre que hablaba__ que el yerno sea un hombre tan moderno, deberíamos aprender nosotros del ingeniero portugués.

__ No sé, a mi me daría miedo de mandar a mis hijas solas, de un país a otro, me parece una temeridad.

__ Es, escúchame bien, atraso lo que nosotros tenemos, atraso.

Miró la puerta, ya no era restaurante, ahora era una cafetería. Las mesas de herrería con la superficie de mármol, igual que el mostrador, habían desaparecido y con ellas el sonido cristalino de los vasos de café con leche que estaban presentes en los desayunos y las cenas.

__ Ahora los vasos son desechables y el café con leche ya no es de esta generación__ se oyó decir así misma en voz baja.

Sentía una cierta nostalgia, aunque entendía muy bien que todo cambia o en su caso evoluciona, además de someterse a influencias externas. España supo mucho de todo eso en los últimos treinta años.

Recordaba a la señora Antonieta como una mujer grande, siempre con moño y con gafas, metida en el restaurante, no recordaba haberla visto nunca en otro sitio.

Con los años comprendió que la estación era como una gran familia que vivía también en una gran casa y cuya cabeza era el abuelo. Todos se llevaban bien, todos se echaban la mano y se cuidaban unos a otros en los tiempos difíciles después de la guerra.

El sol jugaba al escondite con las nubes, mientras el aire no daba tregua, bajó los ojos del cielo para toparse con las ventanas del piso, de la que había sido su casa. Se habían avivado los recuerdos cuando detuvo su vista en ellas. Estaba en el pasillo, un largo pasillo. A la derecha entrando, el cuarto del abuelo, a la izquierda el cuarto de baño un poco más adelante el lavadero luego, la cocina. Había una especie de sala que daba paso al comedor y a la habitación de sus padres, donde nacieron su hermana y ella en partos atendidos por una comadrona. Del otro lado había dos habitaciones más.

__ María José, no corras por el pasillo y quítate ese palo de la boca que te vas a pegar con él__ La voz de su madre llegaba desde el fondo del comedor donde se entretenía poniendo la mesa.

__ Lávate las manos para comer. El abuelo no tarda en subir que ya se ha ido el tren de la una.

Los trenes habían sido parte importante en su infancia pues regulaban la vida en familia, los pitidos de las locomotoras indicaban que hacer o que iba ha suceder a continuación.

Este hecho hizo que ella tuviese ya para siempre esa cercanía con el ferrocarril. Aprendió a dormirse acunada por los resoplidos de las potentes máquinas alimentadas de carbón y el rechinar de las puertas de los furgones al cerrarlos después de ser revisados.

Su sueño se volvía profundo mientras esos largos trenes de mercancías, a veces con dos locomotoras tirando de ellos, tomaban velocidad saliendo de la estación camino a la frontera con Francia.

__ Siempre estaré enamorada del ferrocarril, de los trenes de antes, de los de

ahora y quizá si aún vivo, de los que puedan haber más adelante__ solía comentarle a los amigos, algunos de ellos no lo entendían porque en su país la gente prefiere los autobuses para los largos desplazamientos y el ferrocarril es prácticamente inexistente.

A lo lejos divisó en el mostrador a la misma mujer que le dio la información, al acercarse, sin llegar a formular ninguna pregunta, ésta le dijo que la administradora no había vuelto. Queriendo ser agradable añadió.

___ Quizá pueda venir usted otro día, pero por la mañana, temprano, para que la encuentre.

___ Si, vendré en otra ocasión.

Pero sabía que esa ocasión ya no se presentaría pronto, quizá en mucho tiempo, quizá ya nunca. En dos días el AVE la llevaría a Madrid y de ahí volaría de vuelta a México donde residía desde que sus padres se exiliaron huyendo del franquismo.

Pero en el final del viaje había dado con la respuesta para esas emociones a veces de tristeza, otras de dolor, para el vacío que sentía cada vez que pensaba en aquellos años con la sensación de que los había perdido en el camino.

Ahora tenía la certeza de que nada había quedado fuera de su vida, que la estación del año 1944 seguía ahí con la de hoy, que solamente era necesario bajarse del tren y cruzar una puerta, una de esas puertas del andén.

La estación había tenido su tiempo y no había desaparecido, se había quedado allí mismo, atrapada en su momento. Vivía en las traviesas de las vías, se quedó en los pitidos potentes de las locomotoras avisando que se iban, está en los muros, en las ventanas que tanto podían asomarte al presente como al pasado.

Pero más que en ningún otro sitio se quedó atrapada en cada uno de los sentidos y en los sueños de todos los que vivimos allí.

Con el billete en el bolsillo de su chaquetón salió al andén, dirigió su mirada hacia la línea de palmeras que la confundieron tanto cuando bajó del tren. Después buscó el reloj, que, suspendido de la marquesina conservaba un aire de las antiguas colonias de América. Marcaba las cinco treinta y una vez más en un andén barrido por un viento fuerte, agresivo, intimidante ella se dispuso a esperar el tren de cercanías.

FIN

Si a alguien le enterneció, o le gustó este relato verídico, también podría ser que le pareció bueno y siguen leyendo se encontrarán con esta tarjeta de identidad auténtica para viajar gratis en el tren, y que guardo junto con mis recuerdos.

Porque yo soy María José, esa niña de la historia que nació y vivió hasta los ocho años en la estación de ferrocarril de Mataró donde el abuelo era el jefe de estación.

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