Mujer peregrina del siglo IV caminando por un camino romano hacia Jerusalén con paisaje desértico y montañas al fondo

Egeria: la mujer que caminó hacia lo sagrado

Algunos viajes no empiezan con un paso, sino con una inquietud que se siente en el interior, que empuja a abandonar lo que se conoce. Así debió de empezar el viaje de Egeria, en algún lugar de Gallaecia, de la España Romana donde el mundo terminaba en acantilados y brumas dando inicio a la imaginación.

En este blog que he llamado blog-biblioteca, guardados en “Reflejos de mujer” hay esperando el momento de que las llamen a la primera fila para ser leídas muchas historias de mujeres que en su momento se rasgaron las vestiduras y que sin mirar atrás siguieron esa inquietud de avanzar en persecución de un sueño o un ideal y lo alcanzaron, ¡Claro que sí Todas ellas únicas, distintas, valientes, que enfrentaron a situaciones, en algunos casos difíciles y que sin saberlo crearon esa palabra que ahora utilizamos como si la acabáramos de inventar, todas empoderadas.

Corría el siglo IV, año 381 d.c. El mundo se levantaba y se acostaba todos los días bajo el peso del Imperio romano, sus caminos eran venas de piedra que conectaban culturas, religiones y peligros. Y en este contexto, una mujer cuyo rostro y figura desconocemos decidió emprender un viaje de más de 6.000 mil kilómetros, desde lo que hoy es Galicia hasta Jerusalén, lo hizo atravesando mares, desiertos y ciudades sagradas, viajó en barco y también con animales de carga, pero la mayor parte del recorrido lo hizo a pie, en una época en que viajar no solo resultaba incómodo: era incierto, muy lento y tremendamente arriesgado. Su viaje duró alrededor de tres años en los cuales soportó tormentas, calor extremo y largas jornadas sin descansar. Pero lo que la retrata mejor es su actitud: si escuchaba que había algo digno de ver y conocer, se desviaba del camino para explorar.

Se llamaba Egeria y hoy, muchos siglos después, en estas cuartillas me propongo caminar con ella.

Para mí imaginarla es inevitable. Veo una mujer avanzando por esos caminos de piedra que Roma mantiene como si fueran arterias vivas, sus sandalias llenas de polvo presionan la tierra con fuerza con cada pisada. Viaja casi sola, solo una pequeña escolta de soldados romanos, quizá algún guía local, y algún siervo además de un burro. No sé cuántos soldados forman esa pequeña escolta, pero su presencia me indica algo importante: Egeria viaja bajo una forma de protección autorizada, quizá no un salvoconducto imperial, pero si con el respaldo suficiente para atravesar territorios inseguros.

De ella sé menos de lo que quisiera saber, su nombre me llega como un eco que viene de muy lejos, pero lo suficiente para intuir como era su carácter. Probablemente pertenecía a la nobleza, o por lo menos a una familia acomodada; su escritura, que hacía en un latín tardío, revela educación, sensibilidad y acceso a una cultura poco común en su tiempo. Además, creo que su viaje no fue improvisado, algo me dice al investigar que hubo una cierta planificación recursos y contactos necesarios para un viaje de tal calado, su educación, y los recursos necesarios para emprender una travesía de tal envergadura.

¿Contó con la ayuda de su familia? Debió de suceder así, sin embargo, dentro de ese plan elaborado y sobre todo supervisado por alguien más, Egeria conserva su libre albedrío: se desvía, pregunta, explora etc. El itinerario que debió de existir lo modifica, lo transforma según la circunstancia y el imprevisto que surge en el camino.

¿Su edad? y ¿cómo era físicamente? No se sabe, aunque todos los que han leído e investigado sobre ella están de acuerdo que era una mujer adulta, con una magnífica condición física, indispensable para aventurarse en tal viaje. Pero yo voy más allá, me interesan especialmente dos aspectos de Egeria que se descubren cuando la vas conociendo; primero una voluntad poco común, yo diría indomable, y, segundo, una personalidad curiosa, perseverante y observadora.

Su relato del viaje conocido como Itinerarium Egeriae, no es una lista de lugares visitados, es una experiencia vivida en cada lugar. Cuando llega a Jerusalén, no describe solo el lugar, atraviesa las imágenes para poder describir el pulso humano en un lugar que se reúne una multitud antes del amanecer, cuerpos que se aprietan dentro de un espacio sagrado, cánticos y oraciones que resuenan en distintas lenguas. Egeria lleva mucho más lejos su observación porque participa, se mezcla, vive la celebración en esos momentos cuando la fe se vuelve visible, casi tangible.

Descubro en ella una mirada que sorprende, una mirada moderna; no pierde detalle de nada de lo que acontece: cómo se organizan las ceremonias, qué papel cumple cada figura, cómo responden los fieles… Egeria no es solo una creyente, también quiere comprender lo que se le escapa.

El paisaje está frente a mí, frente a Egeria, es un desafío, es el monte Sinaí el que está ante nosotras y, entonces, ella comprende que subir no es solo ascender, es medir su cuerpo contra la piedra… el cansancio aparece, pero también una emoción que atraviesa el cuerpo físico; y llegar a lo alto es una experiencia interior.

Más tarde, en Egipto los monjes del desierto le muestran otra forma de existencia. Hombres que renuncian al mundo para buscar a Dios en el silencio absoluto. Los observa con asombro, consciente que está ante algo que la desborda y yo busco su mirada tratando de descifrar en ese momento que analiza lo que ven sus ojos.

Y mientras viaja escribe. No lo hace para la historia, escribe para las que ella llama “hermanas”, que seguramente no lo eran de sangre, pero si mujeres, quiero aventurar, unidas por una gran fe, por una misma cultura, por una curiosidad compartida.

En esta historia hay algo revolucionario para la época: Una mujer que viaja y escribe y otras que leen. Y así se crea una red invisible de transmisión de experiencias y conocimiento. ¿Podríamos decir que fue la antesala de la lectura y cultura en línea?

Egeria nunca pudo imaginar que su viaje inauguraría lo que hoy es una práctica para algunos: la literatura de viajes como una experiencia única y también para muchos una profesión. Pero no hay que confundirse, ella no crea con su recorrido un catálogo de lugares, sino la vivencia que atrapa el asombro el cansancio, la emoción que se guarda para después compartirlo.

Nos deja una enseñanza que atraviesa los siglos: Ser curiosa es una forma de ser valiente, que viajar es aprender a ver no solo con la mirada exterior sino con la todos poseemos en nuestro interior. Y más allá, mucho más allá se puede ejercer una frase significativa: Incluso en los tiempos más restrictivos, siempre hay quien se atreve a cruzar los límites para mejorar, para crecer.

Egeria, aquí nos separamos, hemos llegado al final de nuestra travesía, antes de irme quiero decirte que tú nunca te diste cuenta de lo trascendental de lo que habías hecho, al viajar, al escribir. Tal vez solo escribías para tus hermanas o compañeras, pero en cada una de tus palabras plasmaste más que un recuerdo: dejaste una forma de mirar el mundo.

Te digo algo, siglo vendrán donde otras mujeres recorrerán el mundo con una misma inquietud; por ejemplo, Alexandra David- Néel cruzará Asia y llegará a Lhasa. Pero tú, Egeria, lo has hecho en un mundo más incierto, sin mapas precisos, sin referencias claras. Tu brújula ha sido la fe y también la determinación de saber.

Conocerte y hablar contigo en estas cuartillas me ha enriquecido, gracias por ello

Hasta siempre.

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2 comentarios

  1. Excelente artículo, como todo lo que tú escribes, gracias por comunicarte con esa belleza y mantenernos informados sobre lo realizado por mujeres de carne y hueso.

  2. Como siempre gracias a tí. Cuando escribo, mentiría si dejara otra cosa, lo hago en un principio para mí y es así como luego se refleja en un artículo que puede resultar interesante para una mayoría, o una minoría, eso ya es secundario. Con una o unas pocas personas a las que les agrade y lo consideren de interés ya considero que voy haciendo camino, modestamente claro, en la literatura y en la cultura en general.

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