Maqueta tridimensional de Gaudí con cuerdas y sacos de arena reflejada en espejos con luz mística de atardecer, representando el misticismo en la arquitectura de Gaudí.

Antoni Gaudí: El arquitecto de Dios

“Yo tengo esa cualidad de sentir, de ver los espacios porque soy hijo de calderero. El calderero es un hombre que de una superficie hace un volumen; ve el espacio antes de empezar a trabajar.”

“Un día un hombre empezó a caminar, buscaba la puerta del cielo, quería llegar ante ese enorme portón que se había construido con la madera de los olivos del huerto de Getsemaní donde Jesús oró, quería cruzarlo para poder hablar con Él, contarle de su proyecto, mostrárselo. En su andar llegó frente a ese muro de madera muy vieja que hablaba, si la querías escuchar, de dolor y de lágrimas y también de rescate y salvación. Cruzó la puerta sin apenas darse cuenta que se había abierto y siguió caminando, lo hizo hasta que supo que había llegado frente a quien buscaba, a Jesucristo, no lo veía, pero sabía que estaba ahí, sentía su mirada, también su atención, y una calidez que nunca había experimentado antes, entonces empezó a contarle lo que quería hacer, el proyecto que se había convertido en el eje de su espiritualidad. No llevaba ni planos ni apuntes… nada, porque no lo necesitaba, así que le habló con un lenguaje que se hizo visual marcando formas curvas, estructuras ramificadas, superficies policromadas y soluciones técnicas desconocidas hasta ese momento. Hablaba, contaba, describía en el arco celeste y lo hacía con naturalidad porque su arquitectura estaba impregnada de religiosidad, de una continuidad de fe. Porque para quien estaba hablando el arte era una forma de acercarse a Dios.

Situada entre el mar y la montaña, continuó diciéndole, será la catedral de la luz que guardará celosamente la espiritualidad, la concordia y la reconciliación, y que estará ahí para todos. La veo como un bosque donde se abrirán unas grandes bóvedas, que a lo largo del día dejarán pasar los rayos del sol en distinto entorno y a distinta hora que depositará dentro de cada uno una visión cósmica de la creación. Después, por unos segundos dejó de hablar estaba imaginando, pensando como quería que fuera, y como tenía que describírselo a Él, que sabía lo estaba escuchando con gran atención. ¿Sabes? Yo las veo cubiertas de hojas llenas de pájaros de distintas regiones, y luego las columnas que serán como palmeras a las que yo defino como los árboles del martirio, del sacrificio y finalmente de la gloria sosteniendo una nave principal. Luego habrá una figuración del árbol del laurel para cada columna de las naves laterales, porque el laurel es el árbol de la inteligencia, de la sabiduría. Hizo una pausa y miró a quien no podía ver pero que estaba ahí, era parte de ese silencio y relajación que abrazaba todo. Siguió la línea de sus pensamientos que lo llevaron a recrear su manera de trabajar nada convencional, nunca dibujaba planos tradicionales, en su lugar maquetas tridimensionales con cuerdas y costales de arena y espejos… entonces, por unos segundos lo atrapó la duda, ¿tenía que referirse a ello, como parte de lo que trataba de explicar?, casi de inmediato cayó en la cuenta que su razonamiento no había estado a la altura de quien era su interlocutor; y pensó ¿le explicaría al mar que el agua es salada? Siguió hablando, contando era como narrar dentro de un escenario que se iba construyendo palabra a palabra idea a idea: 4 portales, 18 torres, Jesús, María, los apóstoles, San José… y en esa exposición nacía y crecía la Sagrada Familia.

Ya no tenía mucho más que decir, lo humano y lo divino se habían encontrado y habían hablado, Gaudí sabía que para entender el misticismo que habitaba en su arquitectura primero había que aprender a hablar con las piedras, colocarse a la distancia para entender su simbología, la que transmiten al sostener sus torres enrolladas en sí mismas o las que forman fachadas onduladas como si fueran olas de un mediterráneo que lame la cerámica y mosaicos a lo largo de su costa. Por eso mismo recorrió ese camino hasta encontrarse con ÉL, necesitaba su aval ante las críticas que había sufrido en algunas de sus obras por su apariencia radical.

El silencio tomó las ideas de lo que quería decir y les dio forma a través de una íntima confesión: “Mis grandes amigos están muertos, no tengo familia, ni clientes, ni fortuna, ni nada. Así, puedo entregarme totalmente al templo de la Sagrada Familia.”

Como respuesta una sola palabra, una sola que se formó en su mente y la sintió en el corazón:

¡Hazlo!

Una última mirada alrededor, quería quedarse, pero eso no se le permitía…aún. Dio la vuelta, cruzó el enorme portón de los olivos y emprendió el regreso al mundo terrenal.

Antoni Gaudí. Reus 1852. Tarragona España

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