Escena de Corazón Delator con Benjamín Vicuña y Julieta Díaz en un momento íntimo, expresando emociones profundas sin palabras.

Lo que nos puede enseñar el cine

No voy al cine, no soy especialmente afecta a ese tipo de pasatiempo, tampoco me apetece pasar una hora y pico sentada al lado de un rumiante con su bolsa de palomitas, y que cuando he llegado a ir es porque el film está basado en una buena novela de un buen escritor y voy, aún a sabiendas que la película será siempre inferior al libro debido a que la adaptación la hace un guionista, no el escritor, y ya se sabe, el cine son planos y tiempos cortos en la pantalla, que impacten, aunque el argumento sufra cambios y con ello a veces se pierda el sentido de lo que se quiere mostrar.

Pero, en ocasiones, alguna noche, con pocas ganas de dormir, me doy una vuelta por Netflix, y fue así, que me encontré con una película argentina que me llamó mucho la atención, a pesar de que tengo una opinión bastante mala de todo lo que es el cine hispano, quizá porque siempre estamos emulando el cine de los norteamericanos

El título de la película: CORAZÓN DELATOR

El tema, los trasplantes, pero no cualquier trasplante, el de corazón. Hay quien dice, que en ocasiones, un corazón llega a rechazar al otro cuerpo al que se le trasplanta pero no por una cuestión física, sino emocional, y también en el decir de algunos, que ese corazón gestiona los sentimientos y emociones del que lo recibe. Eso es lo que acontece en la película.

El personaje masculino, un hombre que, sin tener un físico de llamar la atención, es dueño de ese algo que lo hace tremendamente varonil, y, por ende, sumamente atractivo. El dominio de la escena y la naturalidad con que se expresa y se mueve, te remite al actor que se ha formado en el teatro.

Benjamín Vicuña, actor chileno, es de los que no se adapta al personaje, lo lleva hacia él, al hombre que es una vez se despoja de su condición de actor, por eso la película te engancha de tal manera que sientes que todo está sucediendo fuera de la pantalla.

El personaje femenino corre a cuenta de la actriz argentina, Julieta Díaz, una elección muy bien hecha para mostrar la diferencia de los dos mundos en que transcurre su día a día de ambos personajes Yo diría que ella conoce muy bien, fuera del rol que representa en la pantalla, ese medio donde la sitúa su papel, el barrio, en el que se mueve. Otro de los puntos a resaltar es su caracterización de mujer de un albañil se nota que se han cuidado todos los detalles, su ropa que se adivina adquirida en una de esas pequeñas tiendas, que sobreviven en los barrios obreros, su trabajo de mesera en un restaurant bastante popular etc. Todo muy bien elegido.

El resto del elenco, todos con un buen desempeño en sus personajes en especial la actriz que hace de asistente del hogar del protagonista, una mujer ya de cierta edad. Viéndolos se siente una cercanía entre ellos que va más allá de patrón y empleada. Hay algunas escenas donde ella parece más una madre aconsejando cariñosamente a su hijo que su papel de asistente doméstica.

Un empresario argentino, joven y muy rico recibe un trasplante de corazón, y con ello una segunda oportunidad de vivir que lo lleva a querer conocer quien fue el donante y es ahí cuando empieza la verdadera historia del protagonista, cuando a través de su búsqueda, conociendo el entorno, y la gente cercana al donador descubre unos valores que él tenía olvidados y se encuentra con sensaciones que lo llevan a cuestionarse si la vida que tiene con todo a su favor es la que quiere seguir viviendo

Pero lo más interesante de esta película es el manejo por parte del director y guionista, Marcos Carnevale, que le imprime al romance que envuelve la trama. Un trato exquisito, una delicadeza sublime a una sensualidad que los actores perciben con cada sentido, cada vez que sus miradas se encuentran.

No se tocan, pero el erotismo está ahí, y es que al final es amor, porque eros en su origen griego es eso, amor, que los dos lo sienten, sin decidirse a asumirlo, sin acabar de entender lo que les está sucediendo, y que los tiene atrapados.

El amor se hace y se vive a base de intensas miradas, que los muestran desnudos, en su fragilidad del deseo contenido. Solo eso, sin una sola palabra de esas que estamos acostumbrados a escuchar en prácticamente todas las películas en las escenas románticas, o más que románticas.

Una película que como la canción de Julio Iglesias… una pareja de largos silencios. Silencios que acarician más que un gesto, silencios que envuelve más que cualquier abrazo, silencios que acompañan una entrega absoluta, silencios de uno y, de otro, que se encuentran para amarse.

Al margen, la película retrata una problemática social, que no tiene nombre ni nacionalidad, un colectivo sobreviviendo a sus carencias, a su día a día, luchando por conservar su barrio, luchando por evitar el desalojo; y a pesar de todo ello buscan y encuentran esa manera de ser felices por algunos momentos y lo logran, porque de la carencia surge el ingenio y con poco se logra mucho.

Finalmente yo diría que es una producción realizada, con un presupuesto modesto y que nos deja claro que no se necesita un gran capital, para hacer buen cine. Solo se necesita un buen argumento, uno que contenga algo que mostrar, que lleve al espectador a reflexionar sobre el valor de la vida y la necesidad de reconducir conductas , y un director que sepa como explotar al máximo el potencial de cada uno de los actores comprometidos.

Cierro con la reflexión que hace Valeria, la protagonista, frente a la adversidad y que todos podríamos hacerla nuestra, estoy segura, en algún momento de nuestra vida. “Yo no sé qué piensa Dios a veces”

La película está en Netflix, si te animas a verla, espero luego tu comentario.

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