31 de diciembre, solo una página más del calendario
Pues en realidad eso es lo que es, si tenemos un calendario de los de caja que cada día le arrancamos la página, sino, solo es número más de la página. Pero parece que se tiene en general una fijación con eso del último día del año y también es curioso que le demos la bienvenida al día uno con tanta efusividad, cuando la realidad es que todos los días deberíamos de valorar el seguir aquí, no importa si es el primero de enero, de febrero, de marzo, etc.
Como todas las grandes celebraciones con las que contamos vienen desde el inicio de los tiempos, de celebraciones paganas, generalmente en nuestro caso, del Imperio Romano y las festividades a sus dioses, sabemos que Roma en especial era pródiga en deidades, que tenían un dios o diosa para cada una de las situaciones que se les presentaban en su día a día así que también las celebraciones eran frecuentes.
A veces lo anecdótico resulta más interesante, el conocer de dónde vienen, su origen, y porque seguimos celebrando hoy en día algo de aquello tan lejano, claro ya con muchos cambios.
Vamos a ver si corremos el velo de la ignorancia que se tiene sobre los festejos de fin de año.
Las primeras celebraciones se sitúan a unos 4.000 años en la antigua Babilonia, y se celebraban a finales del mes de marzo, al principio de la primavera, con un festival al que llamaban Akitu, que celebraba el resurgir de la naturaleza, el triunfo de los dioses sobre el caos reinante del invierno y restablecía la realeza. En esto no hemos cambiado mucho, el poder ya sea político, como hoy, o real como en la antigüedad era importante que saliese reforzado de tales festividades
Roma en estas fechas rendía homenaje al Dios Janus, deidad que representaba tanto al año viejo como al año nuevo y lo hacía mediante dos rostros, uno viejo, arrugado y con una barba, mirando hacia el pasado y otro joven de rostro terso que miraba hacia el futuro.
En el año 45 antes de C. podemos decir que entró en vigor el nuevo calendario juliano creado por el emperador Julio Cesar, y el Senado fijó el 1º. de enero como primer día del año, que igual pudo fijar cualquier otro día, y desde entonces quedamos atrapados en esa famosa fecha
Pero, ¿cómo hemos llegado al día de hoy con la celebración?
Pues es sencillo, como todo lo que marca nuestro acontecer se debe a la mano de la iglesia. Fue el Papa Gregorio XIII, ya entrados en la edad moderna, el encargado de acomodar el 1º de enero a través de la implementación del Calendario Gregoriano y, así ¡hasta nuestros días!
El Calendario Juliano fue sustituido por el Gregoriano, lo cual necesitó algunos “ajustes.” Lo primero fue modificar el modo de calcular los años bisiestos, los terribles años bisiestos, luego se movió el principio de año del 25 de marzo al primero de enero. Quiero creer que el Papa Gregorio pensó que lo más práctico era empezar por el principio y con este razonamiento nos llevó a esta fecha. Por último, se eliminaron once días del mes de septiembre de 1752.
En alguna ocasión sería bueno investigar sobre ese miedo que demuestran algunas personas hacia ese año, seguro se vendrá arrastrando también desde los tiempos más remotos. Pero hoy estamos en otra cosa.
Pero demos una mirada a lo que hacemos esa noche para atraer la buena suerte y alejar todo lo negativo del año que estamos estrenando.
Primero es vestir ropa de color rojo, el origen viene de China donde el rojo se dice atrae la buena suerte, la fortuna y alguna vez también el éxito. Pero nosotros, los accidentales y católicos debido a que la iglesia durante la Edad Media había prohibido el color rojo, nos vimos en la necesidad de utilizarlo a escondidas, así que lo trasladamos a la ropa interior y aunque ahora ya no existe esa prohibición, seguimos llevando el color rojo en nuestras prendas íntimas.
Luego están las doce uvas, celebración de origen netamente español y que no está rodeada de nada extraordinario, se debe más bien a un hecho fortuito. Resulta que en el año de 1909 la cosecha de uva en la región de Alicante tuvo un excedente muy grande y debido a ello las autoridades decidieron que una manera de aprovechar parte de esa cosecha era que cada ciudadano del país tomase las uvas, como se dice por allá, “tomar las uvas.”
Para finalizar, el origen de la celebración tal cual se hace ahora se remonta al siglo XVIII, no se sabe bien cómo surgió, pero en las grandes ciudades se empiezan a organizar bailes y fiestas para recibir el Año Nuevo. Previo a ello se celebra la Noche vieja, con familiares y también amigos, con una buena cena que simboliza que el año nuevo traiga abundancia.
La Noche vieja debe ser la renovación y la reflexión, una confesión con nosotros mismos, una oportunidad para despojarnos de todos los aspectos negativos que hemos llevado a lo largo del año que termina, y empezar el nuevo con la lección bien aprendida. Y cuándo el reloj marca las 12 empieza el verdadero festejo cuando campanada tras campanada, procurando no atragantarnos tomamos las doce uvas.
Por cierto, la conquista trajo mucho … hasta las 12 uvas de la noche del 31.
¡Feliz Año a todos!