Verte a ti Toledo

Verte a ti Toledo

Verte en el silencio de los recuerdos, cuando estos te delinean en el tiempo que se ha hecho viejo en la espera de contemplarte de nuevo. El exilio me llevó lejos, a otro continente y me ha mantenida atada a un pueblo con otra cultura y con una geografía de paisajes que se rozan con los verdes tropicales. Bellísimo sin duda pero, ¡tan distinto de lo nuestro!

Quiero imaginarte hoy como el resultado de lo que fuiste en tu ayer de tiempos lejanos, escaparate donde con asombro y envidia otros pueblos se miraban queriendo descubrir qué tenía Toledo que ellos no alcanzaban a poseer.

Una ciudad donde las piedras que te crearon y te mantienen hoy en pie ostentan tres mil años en su haber, orgullosas de la tierra y el polvo de Castilla como de la muralla de agua que lleva susurros de historia más allá de una frontera, el Tajo.

No puedo soñar contigo porque a ti los sueños te quedan estrechos solamente en la llanura castellana  que Manuel Machado concibió para el Cid, hay un lugar un lugar para imaginarte, para verte, Toledo, ciudad magnífica y soberbia con la sencillez de la grandeza que sólo se tiene desde el origen.

Te cortejaron los más grandes imperios y culturas; todos te dejaron algo o mucho, pero todo valioso para formarte como eres hoy, la gran representación de una España mestiza, donde estamos todos.

Para Roma fuiste Toletum,  te acuñó moneda porque el hierro te hizo rica, te empedró las calles y en tu circo silencioso se escucha aún hoy el rodar de las cuadrigas que no han querido abandonarte del todo.

El reino visigodo te ciñó con un catolicismo de dieciocho puntas correspondientes a otros tantos Concilios y también quiso hacer el milagro de darte y te dio una unidad política.  A cambio,  lo retuviste contigo para siempre. Vive en la muralla, descansa en el museo y oye misa en Santa María de Melque.

Después, el tiempo se midió en 370 años de dominación musulmana, el pueblo nómada del desierto, los beréberes plantaron sus tiendas en la llanura de Castilla que luego cambiarón por almenas y torreones y te llamaron Tulaytulah y a partir de ese momento fuiste también Toldoth para los sefardíes y Toletho para los mozárabes. Y el brillo de esa convivencia deslumbró entonces y sigue deslumbrando hoy a un mundo que ha perdido la luz de la convivencia y la tolerancia.

En Toledo entonces se alumbra el conocimiento, el árabe le cuenta al latín en voz baja y cantarina sus secretos médicos, de astronomía y lo vuelve filósofo y un poco alquimista.

El reino de Castilla y León la contempla en la distancia, pensando que ha llegado ya el día que ella se convierta en castellana.

Las lenguas se aúnan en torno a Alfonso X  el Sabio, el Cabila de los beréberes y el ladino de los sefardíes nacidos ambos del árabe dejan de ser dialectos y forman familia con el latín y con el griego que junto con el romance forman las estructuras de la famosa Escuela de Traductores de Toledo, que tanto han dado a la cultura y al castellano.

Toledo, que amaste más de lo que te amaron, que diste más de lo que te dieron y supiste estar allí para todos, en los tiempos que tenías que estarlo, hoy les dices a los que todavía no te conocen que sigues en el mismo sitio, que el Tajo sigue puliendo el basamento de tus murallas, que las fachadas de las casas que asoman en los recodos de tus calles estrechas siguen teniendo las mismas tonalidades con las que el Greco pintó el sentimiento de una ciudad inmortal.

Diles también que en Toledo hoy como hace cinco o seis siglos comes en un palacio guisos de perdices y faisanes, y duermes en un castillo en una cama con capitel. Que eres eso y mucho más, ciudad inamovible e imperecedera porque tienes el don de ser para cada uno que se acerca a ti, una ciudad hecha a la medida de sentimientos y encuentros con sus propias raíces.

Diles que estoy aquí, soy Toledo y todavía puedes descubrirme.

Esto, yo te lo escribo con el amor que me ha dado tu lejanía.

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