Ilustración artística de Sor Juana Inés de la Cruz en su celda rodeada de libros, instrumentos científicos y musicales, símbolo de su saber y libertad intelectual.
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Sor Juana, precursora del feminismo

En su celda se amontonaban libros, instrumentos musicales e instrumentos de todo tipo, como compases y telescopios. Sor Juana confiesa: “…mientras se mueve la pluma descansa el compás y mientras se toca el arpa, sosiega el órgano.

Ahora en que estamos situados en el tiempo de mujeres, que todo es hablar de derechos y de logros, creo que es un momento para hacer un alto y mirar hacia esas mujeres que en verdad tuvieron la valentía y la determinación de ser únicas y estar resueltas a alcanzar lo que deseaban, siempre a través del conocimiento y de la cultura. Una de ellas es la que hoy nos ocupa: Sor Juana Inés de la Cruz.

Se ha hablado y escrito muchísimo sobre la vida real y la que imaginamos de esta monja jerónima nacida en Nepantla un 12 de noviembre de 1648, pero siempre hay algo más que decir o que escribir sobre su abundante producción literaria, ya que la asombrosa cultura que poseyó permitirá por un tiempo indefinido que se siga comentando sobre su polifacética personalidad

Juana Inés Ramírez fue hija natural de don Pedro Manuel de Asbaje, capitán vascongado y de la criolla doña Isabel Ramírez, por lo que sabe, se cree que ignoró siempre su origen ilegítimo. Ella habla de su madre y de una hermana mayor y esa ausencia paterna la llena su abuelo materno en cuya biblioteca aprendió los cimientos de lo que sería su futura sabiduría, con él vivió hasta su fallecimiento y posteriormente se trasladó a la capital a vivir con una tía casada, hermana de su madre. Después de este acontecimiento, la pluma de Juana deja de escribir sobre su vida familiar.

La curiosidad me lleva a preguntar ¿cómo sería la ciudad de México con su naciente historia a escasos 150 años de la Conquista? Por lo que se sabe, el virreinato en la Nueva España era una réplica política y social de lo que acontecía en España. Se aceptaban los poderes que venían de la Península y por lo tanto igualmente los usos, costumbres y conocimientos. Sabemos por la misma pluma de sor Juana que en el tiempo que vivió no hubo insurrección alguna, qué, por el contrario, el poder político y el religioso caminaban juntos.

Han transcurrido más de trescientos años desde que Juana Inés, el 24 de febrero de 1669, profesó como monja jerónima, hizo sus votos y con ellos adoptó para siempre, para el convento y para la gloria literaria del mundo de lengua castellana el nombre de sor Juana Inés de la Cruz. Convertida para toda su vida por voluntad propia en monja de una orden de clausura, nunca perdió su libertad de espíritu que siempre tuvo, y siguió acumulando conocimientos algo inusual para una mujer de aquella época, donde mantenían un rango inferior al hombre, y se les negaba poder asistir a cualquier centro de estudios. Sin maestro y sin condiscípulos con quien poder cambiar experiencias, sola en su celda, con la única compañía de una inteligencia privilegiada, ella estudiaba y escribía, al mismo tiempo que su cerebro acomodaba las consecuencias lógicas de los conocimientos que iba adquiriendo.

Cada avance que lograba la llevaba a querer abarcar todo el conjunto de las ciencias que se conocían en aquel momento, y cada nuevo estudio lo relacionaba con alguna disciplina que ya conocía, lo que le hacía querer estudiar alguna nueva. Mientras esto acontecía, la pluma de la llamada Décima Musa plasmaba sonetos, silvas, redondillas, villancicos, endechas (combinación de cuatro versos de seis o siete sílabas), liras, décimas y quintillas; todas las formas poéticas de su tiempo literario; dominadas todas con admirable maestría lo que la colocó y sigue estando entre lo más altos poetas de lengua castellana.

Al corriente estaba sor Juana de los movimientos literarios europeos de su tiempo, rivalizaba en estilo con Lope de Vega y Juan Ruíz de Alarcón o colocándose, poéticamente hablando, a la altura de Góngora al crear esa página insuperable, que ella misma confesó, fue la única que escribió libremente, me refiero a: “Primero sueño”.

Sabemos por ella misma que su deseo siempre fue conocer verdaderamente la teología, la que ella bautizó como “la reina de las ciencias” y lo deja patente en un párrafo de su “Respuesta a Sor Filotea de la Cruz”, carta por cierto que es un canto de fe y esperanza en la humanidad, una lección de humildad. Además de una recopilación de conocimientos sobre las ciencias que tuvo que dominar para poder comprender la teología.

Su biblioteca ha de haber sido de un incalculable valor, por la diversidad y complejidad de los temas que abarcó: lógica, retórica, física, música, aritmética, geometría, arquitectura, historia, astronomía y derecho canónico y derecho civil.

¿Quién puede decir hoy que lleva esa preparación? Se sabe que, por entonces, el conocimiento, por decir la cultura, se concentraba en los conventos.

Pero esa monja con un intelecto privilegiado, incursionó también en el campo musical, por lo mismo es de creerse que haya escrito la música correspondiente a sus obras: loas, autos, comedias y sainetes. Desgraciadamente no se cuenta con pruebas que lo avalen.

Existe constancia que la Condesa de Paredes, esposa del Marqués de la Laguna, quien fuera virrey de la Nueva España, entre los años 1680 a 1686 le solicitó a sor Juana le elaborara un tratado que la monja llamo “el caracol” como ella misma aclara:

… que es una línea espiral,

no un círculo, la armonía;

y por razón de su forma

revuelta sobre sí misma,

la intitulé Caracol,

porque esa revuelta hacía.

Desgraciadamente no se sabe dónde puede haber quedado “El Caracol”, si desapareció, como tantos otros tesoros encerrados en iglesias, conventos o monasterios que han sido saqueados durante algunas de las guerras que sufrió México a lo largo de esa época y posterior a ella. Quizá la condesa al regresar a España lo llevó con ella y esté en poder de algún coleccionista…por el momento todo son solo suposiciones que incluyen también lo que pudo haber escrito sobre partituras musicales.

Queda como una gran verdad, su talla como poeta y como humanista, su inmensa cultura y el recuerdo siempre presente de esa monja jerónima, encerrada en la celda de un convento, que participaba activamente del arte y la ciencia de su época.

Hoy sigue con nosotros en el Claustro de Sor Juana

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