¡Y llegaron los Reyes Magos!
Así es, como cada año, y como seguirá siendo según pase el tiempo, no me cabe ninguna duda, para gozo y regocijo de los más pequeños, y preocupación de los padres que miran como estirar el presupuesto para llegar a fin de mes después de tanta fiesta y tanto gasto; porque los reyes no cambian, pero si lo hacen los precios de los juguetes, bueno, los precios de todo lo que uno necesita adquirir. Es la cuesta de enero ¿no? Una cuesta cada vez más difícil de subir.
Yo, fiel también a mis creencias y disciplinada en mi escritura, cada 6 de enero escribo algo referente al tema y qué si nos dejamos llevar por indagar sobre ello, resulta que, como en todo lo relacionado con la religión, lo oculto está ahí, disfrazado de leyenda, asomando siempre un pico de verdad, y entonces la curiosidad se tiñe con un poco de ansiedad, de conocer más, y aparece, ¡cómo no! el deseo de ser el afortunado de llegar a saber esa parte de verdad… pero la leyenda la guarda a cal y canto.
Pues cuenta una historia, de las muchas que hay, del cuarto Rey Mago, porque parece que el punto que más llama la atención es conocer cuantos eran. Sumando y restando, y siempre volvemos al número tres.
Resulta que en algunos textos medievales aparece un cuarto Rey que se llamaba Artabán, y también como los tres que conocemos era persa, y vio la estrella que anunciaba el nacimiento del niño Jesús, y decidió seguirla.
Pero lo interesante de la historia empieza ahora cuando Artabán decide tomar otro camino hacia Belén. Vende todas sus posesiones y compra tres joyas preciosas: un rubí, una esmeralda, y una perla que pretendía obsequiar al niño
recién nacido, pero justamente ese camino que decidió tomar no le iba a resultar fácil, pues se encontró con algunas personas que necesitaban ayuda y él al detenerse para socorrerlos, se retrasó, movió los tiempos y nunca llegó a encontrarse con los otros Reyes Magos en el punto de reunión
El primer retraso se originó al encontrar en el camino un hombre gravemente herido, Artabán decidió detenerse y cuidarlo para salvarle la vida. Debido a este hecho tuvo que vender el rubí para comprar provisiones y seguir su viaje.
Después, ya en Egipto, tuvo otra parada, ayudó a una familia que estaba siendo perseguida y él entonces utilizó la esmeralda para comprar su libertad.
Así se le fue el tiempo, buscando a Jesús, entre caminos y paradas; siempre llegaba tarde o se desviaba por ayudar a alguien más. Finalmente Artabán pasó 33 años en una búsqueda fallida del niño Jesús. Nunca llegó a Belén, sino que llegó a Jerusalén el día de la crucifixión.
Al llegar la tristeza y el llanto se apoderaron de él por no haber llegado a tiempo y, por no haber cumplido su deseo. Además, ya no tenía nada que ofrecer, pues todos los regalos los había utilizado para ayudar a los demás.
En medio del desconsuelo que sentía, nunca imaginó que su viaje terrenal terminaría allí, y que al igual que Jesucristo moriría ese día.
Narra la leyenda que un terremoto sacudió la tierra donde se encontraba y una teja cayó sobre él y lo hirió de muerte. Ya en sus últimos momentos Artabán tuvo una visión en la que Jesús le hablaba y le decía
“Cada vez que ayudaste a uno de esos pequeños, era a mí a quien ayudaste. Hoy estarás conmigo en el paraíso.”
Como toda historia que nace de una creencia religiosa, lleva implícito un mensaje, y en este caso me atrevo a decir que nos indica que los actos de amor y generosidad hacia nuestros semejantes tienen un valor eterno.
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Una bonita historia, no la había leído nunca. Me gustó la sencillez de la redacción, tu estilo y punto de atracción a la lectura.
Abrazos María José
Hola Martha, gracias por tus comentarios y por ser una fiel seguidora de mis entresijos literarios. Me parece estupendo que las lenguas que abrazaste desde hace mucho y que las acercas al conocimiento de muchos, no te han alejado de la lengua de Cervantes.
Saludos.