La medalla invisible
Estos días se están celebrando los Juegos Olímpicos de verano del 2024, como los conocemos. Los estamos viviendo inmersos en una serie de emociones que nos mantienen, en lo posible, pendientes de las transmisiones a veces hasta robándole horas al sueño para poder seguir en el momento tal o cual disciplina que es nuestra favorita. Contamos día a día las medallas que ha conseguido nuestro país, y nuestros atletas lamentando el mal resultado de alguno de ellos, porque al final, muy en el fondo, de lo que se trata es de las medallas, conseguidas, y si son de oro, pues ¡excelente!
Cuando fuimos niños, y creo sin temor a equivocarme, que todos o casi todos tuvimos ese primer encuentro con alguna competencia probablemente en la escuela, y ¡claro! no siempre con un resultado a nuestro favor y esa presea en forma de medalla barata con una cinta de un color brillante, pero que a uno le parecía de oro o de plata, iba a adornar el pecho de otro compañero.
En ese momento había una frase que se escuchaba en boca de los papás de los participantes menos afortunados y que es la siguiente: Lo importante es competir, no ganar. Y bueno, el niño o la niña que había quedado fuera de la premiación como que se resignaba pensando que la próxima vez si alcanzaría medalla. Hasta ahí todo está bien pues al niño es fácil consolarlo, pero una vez va creciendo esa frase pierde su validez, y si hablamos de unos juegos olímpicos, la frase se borra de nuestra memoria., pues el esfuerzo continuo, el entrenamiento diario para tener el mejor resultado, va unido a ganar una medalla y ser el orgullo de tu país.
Sin embargo, ese orgullo propio y del país que representamos puede llegar de otra manera, con otra medalla, la medalla que yo he bautizado como la medalla invisible y que se consigue con algo más que con el esfuerzo disciplina y entrenamiento. Se consigue con el gesto generoso hacia un compañero de competición que está en apuros, aunque el ejercerlo nos aleje de las medallas. A eso se le conoce como compañerismo.
Juegos Olímpicos de Seúl, año 1988.
La mañana del 24 de septiembre, el mar no parecía estar dispuesto a facilitarles una regata tranquila como habían transcurrido las anteriores. Con un viento de 70 kilómetros por hora, olas enormes y muy poca visibilidad parecía casi un milagro no naufragar.
Se trataba de la final y el personaje que nos ocupa, Lawrence Lemieux, regatista canadiense con gran experiencia, que en ese momento ocupaba el segundo lugar, y tenía todas las probabilidades de alcanzar el oro. De pronto se dio cuenta que había otro velero en problemas. La embarcación de los competidores Shaw Her Sien Y Joseph Chan de Singapur había volcado llevándose al agua a uno de los tripulantes mientras el otro se aferraba al velero con todas sus fuerzas para no caer también.
Sin pensarlo dos veces Lawrence abandonó la carrera, dio media vuelta y se fue a rescatar a los competidores coreanos, y que, dicho sea de paso, no tenía mucha experiencia en este tipo de navegación y escasos recursos económicos por lo que no tenían abordo el equipo necesario de seguridad y protección.
Luchando contra los elementos, con gran esfuerzo Lemieux logró rescatarlos y además se quedó con ellos acompañándolos hasta que llegaron los rescatistas, solo entonces regresó a la competencia. Pero ese tiempo que ha de haber sido largo, lo alejaron definitivamente del pódium de premiación, quedando en el puesto 22 o 23, nunca se aclaró, de 32 participantes. Lo que si sucedió es que, debido a su gesto de compañerismo deportivo y humanitario le otorgaron igualmente una medalla de plata, la que llevaba conseguida cuando abandonó la competición y posteriormente la medalla de Pierre Coubertin fundador de los Juegos Olímpicos modernos.
A la hora de sopesar el valor que puede tener una u otra medalla, creo que la invisible permanecerá por siempre en la mente y en el corazón de quien la obtuvo, y desde luego en las páginas de hechos reseñables de los Juegos Olímpicos de la era moderna.