El niño tomó sus alas, había llegado el momento de partir
Es el atardecer en la cueva de Qafzeh, un lugar sombrío, con paredes irregulares de roca caliza; la poca luz que entra por la boca de la cueva nos deja ver a un grupo de humanos en silencio que observan el final de una ceremonia funeraria, mientras uno de ellos coloca algunos objetos, y unos cuernos de gacela, junto al pequeño cuerpo, en un acto lleno de simbolismo en el entierro. Después, tal vez con respeto, los asistentes se empiezan a retirar en calma, despacio, dejando ese lugar como sagrado para siempre en sus recuerdos y emociones.
Si, desde luego es una manera muy poética de narrar con lo que se encontraron unos arqueólogos al descubrir la cueva y el entierro del niño, y de lo que nos dice de algo que no podíamos imaginar hasta ese momento, de la profunda espiritualidad de los primeros humanos, de su cercanía con la muerte, que la entendían como un tránsito más allá de la vida física y ante todo mostrando respeto y memoria por el niño que había partido.
Este hallazgo de Qafzeh lo hacen los arqueólogos franceses René Neuville y Dorothea Garrod, en la década de los años 30, y es el primer entierro que se conoce y se documenta en la historia.
En estos días que se traemos a nuestra vida nuevamente a los que ya nos dejaron, he querido yo también, traer a estas páginas a los niños difuntos, los niños pequeños, de menos de 7 años, que curiosamente en todas las culturas antiguas existía la creencia que tenían una naturaleza angelical.
Cuando la Fe Católica llega a América de mano de los misioneros franciscanos, llega con ellos lo que se conoce como la “edad de la inocencia” que según la iglesia católica es el periodo se antes de la “edad de la razón”. Los niños, no son responsables en ese tiempo de sus actos, y si mueren sus almas se van directamente al cielo.
Esta creencia y las de los pueblos indígenas tenían bastante afinidad, así que los franciscanos, inteligentemente, fusionaron ambas y de ahí se quedó ya para siempre jamás, la idea de que cuando muere un niño pequeño se convierte en “angelito”.
México con esa riqueza cultural de los pueblos prehispánicos conserva hoy como en su inicio ese ceremonial que junta el colorido mágico y el habla cantarina de los rezos en su lengua de origen, con el ascetismo del cristianismo, la singularidad del rezo en el castellano austero y sobrio y, quizá algún canto gregoriano en el fondo de la ceremonia. Todo ello fusionándose con una enorme fuerza interior que lo mantiene vivo.
Los Mayas, esa cultura, digamos lo que digamos, es aún en parte desconocida lo que la hace más interesante y fascina a todos porque va de la mano de lo que podemos ver y lo que no está a la vista, pero que sabemos que se encierra en su propio origen. Pues bien, quiero develar, hoy día de los niños difuntos, algo de cómo eran o pensamos que podía ser el entierro de un niño maya.
En el mundo Maya existía una conexión entre los muertos y los vivos, de hecho, no existía una línea de separación entre ambos y todo se manifestaba dentro de la creencia muy profunda de un mundo espiritual que se presenta a través del simbolismo.
El niño se colocaba en posición fetal, porque simboliza el regreso al vientre maternos y por tanto es una preparación para que pueda renacer. Se acompañaba de una ofrenda consistente en distintos objetos como pueden ser algunas pequeñas figuras de jade, conchas marinas y también algunas piedras preciosas.
En ocasiones se le ponía en la boca una pequeña piedra de jade, la piedra de los Mayas, como parte de su conexión con la vida y su mundo espiritual, y lo fascinante no termina ahí porque llegado el momento de la ceremonia de despedida, se hacía presente tanto el valor religioso de sus creencias con ofrendas y rezos a todos sus dioses, en especial al dios protector de la vida y de los niños, porque creían en la regeneración de la vida, así que pensaban que cuando un niño dejaba esta mundo en realidad lo que hacía era volver a las fuerzas de la naturaleza.
Para los pequeños difuntos no se tenía la idea de lo que podía ser un lugar parecido a un cementerio, eso era para los adultos, a los niños se les enterraba a un lado de la casa donde vivió y en muchos casos se preparaba la tumba dentro de la misma casa, lo que permitía a los padres sentir que el niño seguía cerca.
Esto último nos lleva a pensar si ese querer saber que, el hijo está cerca, se debía a una idea que tenían de la unión de la familia. La familia como eje de unión del grupo, de un pueblo de una sociedad.
Es sabido que en México la familia es importantísima. El cariño, el apoyo, el estar al pendiente como se dice, el estar siempre ahí, los hijos con los padres y estos a su vez con los abuelos y así generación tras generación; algo que en este tiempo en las sociedades modernas ya no es frecuente de encontrar.
Dicho lo anterior yo me pregunto si ese arraigo familiar del mexicano actual de ¿dónde lo hereda? Cabe pensar que sea de ese pueblo fascinante, desconocido pero que de lo poco que conocemos nos muestra una superioridad en muchas de sus acciones y actitudes:
Los Mayas
Es un placer leerte. Gracias María José.
Como siempre, dispuesta a la lectura.
Gracias a tí por tu fidelidad al blog y a lo que publico.