Convento de San Francisco de Asís, y su inquilino del tiempo
Como todo castillo que se preste de serlo tiene un fantasma que lo mantiene entre la historia y la leyenda, igualmente todos los conventos antiguos tienen un Santo Patrón, una momia, o alguna reliquia de algún mártir que se venera desde tiempos muy lejanos y, que al igual que en el caso de los fantasmas, viven y viajan juntos Parece, según cuenta la historia, que en los conventos del Nuevo Mundo no se contaba con mártires, santos, o alguna reliquia que venerar y que eran razón para que los feligreses de aquellos días tuviesen a quien rezar y pedir en sus tribulaciones. Ante esta situación se recurría a las catacumbas romanas que se convirtieron, por la persecución de Roma en refugio de cientos de cristianos que, nunca mejor dicho “daban ahí con sus huesos”.
El caso es que la mayoría de ellos no se podían identificar con exactitud y por lo mismo la iglesia decidió etiquetar esos restos, con el nombre de Columba, que en latín significa paloma y que en la iglesia primitiva era un nombre común para simbolizar la pureza y la santidad. Es por esto que existen muchas santas o imágenes de ellas a las que se les denominan como Santa Columba; y que vinieron a llenar ese vacío en las iglesias y conventos de Hispanoamérica en el afán de tener su propio santo o santa.
Pero no es el caso de la que nos ocupa, el de la habitante distinguida del Convento de San Francisco, pues parece que se la ha podido ubicar y seguir su recorrido hasta llegar a Pachuca en el año de 1700.
Santa Columba de Sens, virgen y mártir fue una de las mártires más famosas de la Edad Media, pero su historia se oculta, sin descifrar, detrás de la leyenda.
La tradición nos cuenta que era nacida en España, en el año de 257, de padres nobles no cristianos y que ella huyó a Francia con otros emigrantes para que no la obligaran a pertenecer a la religión pagana, llegando a la localidad de Sens, donde fue sacrificada junto a otros compañeros, en el año 273 por orden del Emperador Aureliano. La leyenda deja paso a la imaginación con un tinte de exaltación milagrosa pues cuenta que fue inexplicablemente protegida de la brutalidad de sus carceleros por uno de los osos del anfiteatro, que no se apartaba de ella y atacaba a todo el que se le acercara.
Pero el destino debía cumplirse y ella murió decapitada cerca de una famosa fuente conocida con el nombre de Anzón, quedando abandonada en el suelo hasta que un hombre ciego, que recuperó la vista al invocar a la santa, encontró el cuerpo y la cabeza y le dio cristiana sepultura, y de donde, posteriormente se dice desapareció.
Desgraciadamente la falta de la documentación que debió acompañar su donación al Convento de San Francisco, cabe suponer que extraviada o destruida en alguno de los saqueos que sufrió el convento a lo largo del agitado siglo XX en México, y donde se destruyó entre otros la librería del convento y el archivo, no deja otra opción que una historia contada a medias y sin concretar.
Se da por válida la parte donde se describe que fue Doña María Micaela Romero de Terreros, Trebusto y Dávalos, II marquesa de San Francisco, quien donó a principios del siglo XIX los restos de la santa al convento al que le tenía una especial cariño y devoción.
Hasta aquí, la historia, parte verdad, y parte tejida por la devoción e imaginación de unos y otros, está en Pachuca para que todos los que vivimos en esta ciudad la visitemos de vez en cuando y frente a ella ¿por qué no? quizá en el silencio conventual podamos contarle nuestra propia historia, y en la medida de nuestra creencia y nuestra fe soñemos con un milagro.
Quiero aclarar que Santa Columba no es una momia, es un cuerpo incorrupto, es decir, que, sin estar embalsamado, ni conservarse a una temperatura especial, ni ningún otro tratamiento que la preserve de la descomposición corpórea, se mantiene tal cual era antes de su muerte.
Tampoco es una reliquia, pues es un cuerpo entero. Reliquia se designa a una parte del cuerpo o a unos huesos.
Antes de irme del artículo, quiero comentar que el convento tiene un túnel, también como todos los de la época, que va desde la sacristía hasta la calle de Abasolo, donde antiguamente era el Hospital se San Juan de Dios, actualmente una construcción perteneciente a la universidad…Me pregunto, imaginando, porque un escritor nunca puede dejar de hacerlo, si Santa Columba, al anochecer, cuando San Francisco cierra sus puertas y se recoge, ella se desliza y baja a la plaza, al Reloj como nos referimos todos, y da una vuelta o más, contempla ese Pachuca tan desconocido para ella mientras reflexiona que hoy, ante el panorama que contempla, el mejor lugar donde se puede .estar, es en la paz que resguarda su convento.
Con una última mirada a ese Reloj desconocido, da la vuelta y recorre el túnel de regreso a su casa, El Convento Franciscano.
Un excelente relato, trabajo y estudio. Gracias por compartir. Ahora conozco un poco más de la vida antigua de Pachuca Un abrazo con mucho cariño
Gracias por tu comentario. Resulta gratificante saber que lo que escribo llega a gente como tú y me motiva para seguir publicando. Espero seguir contando contigo como fiel lectora de mis trazos literarios.