Ya nunca florecerán las Violetas, María José Almudí Antín

Ya nunca florecerán las violetas

La campana tocó dos veces, Almudena  bajó rápidamente para abrir la puerta, una puerta señorial que con los años se había rodeado de mañas y no siempre cedía al primer intento, pero que en esta ocasión se deslizó sin apenas quejarse descubriendo un umbral casi tapado por un soberbio  ramo de flores. El chico que sostenía el enorme cesto asomó la cabeza entre el follaje, entre algún lirio y algunas rosas y con un ave del paraíso que señoreaba el arreglo, pidiendo con la mirada el poder descansarlo sobre algún mueble.

Con un gesto ella le señaló la gran mesa redonda de una sola pata, como debía de ser, y que llenaba casi por completo el vestíbulo y lo vestía de solemnidad.

¡Parece una casa de ricos! Pensó mientras le daba una propina al muchacho que se apresuró a desaparecer entre la luz y la sombra que escondía la puerta.

El ramo quedaba ahí, y entre la mesa y ella, el  espacio se hacía insalvable. Por supuesto que sabía de quien era, no necesitaba buscar y leer la tarjeta, conocía las dos palabras que estaban escritas “feliz aniversario” solo eso, su marido cumplía con las buenas maneras.

Almudena decidió sentarse frente a la mesa mientras la contemplación de las flores la llevaba a recordar los últimos  años de su vida, aún  ahora con la situación asumida, al volver a esos momentos el aire se hacía escaso en sus pulmones.

Casi dos años hacía que ella dormía en el pequeño cuarto  pegado al jardín,  cuando él decidió un día que ya no debía de existir  intimidad entre ellos.

Se levantó para ir a la cocina por un café, lo necesitaba para lidiar con ese tramo oscuro e incomprensible de su vida que se había despertado en su recuerdo al recibir el ramo.

__ ¿Qué sucede? ¿Qué tienes?

__  Nada, estoy cansado, no puedo.

Las pregunta se repitió por semanas, igual que la respuesta, hasta que un día dejó de preguntar y entonces la  mente suplió el silencio de él buscando una respuesta que reflejara el porque de su comportamiento.

Con la taza en la mano, dejó la cocina, sus pies descalzos notaron enseguida el cambio del suelo áspero de las baldosas a la madera pulida del vestíbulo, rodeó la mesa y fue a sentarse justo donde estaba antes, frente a las flores.

El repiqueteo del teléfono la atrapó por unos segundos. Es real pensó, está sonando.

___¡Ah!  hola ,eres tú.

___ No, no han traído nada, es temprano ya lo traerán, igual tienen mucho trabajo.

___ Si claro, si quieres te llamo cuando llegue, ¿es de la florería de siempre?

___ Te llamo después.

Ella volvió al mismo sitio y a los mismos recuerdos, a esos recuerdos que eran la parte más amarga de un matrimonio de más de veinte años.

¿Por qué? Porque nunca hubiese imaginado que su marido fuese capaz de llevar una relación paralela, alguna infidelidad si, casi, casi es inexistente un hombre que no la haya tenido.

 Pero el planteamiento aquí fue distinto, además de sexo, existió todo lo que se le da a una mujer que quieres o amas, la  preocupación total por ella y su entorno.

Sentada, la mirada hipnótica en el canasto, Almudena sabía que ya no sería nunca más para ella. Esos ramos que tanta ilusión le causaban cuando llegaban  y que iban siempre acompañados de una nota que había  atrapado unos momentos  de sensualidad  compartida; ahora  habían dejado de existir y cada flor había renacido en esa otra casa donde se habían hecho presentes para recordar cada coito  precipitado,  los besos y caricias atrapados  en una tarde de automóvil, las confidencias que se pronunciaron entre susurros después de haber hecho uso del amor, y tantos otros momentos que llenaron años de pasión.

El poso del café tenía un sabor amargo a pesar de las dos cucharadas de azúcar,  y ya se había acabado, igual que su matrimonio, a pesar de que él considerase  que la confesión precipitada cuando tomó conciencia de que ella lo sabía, había colocado el asunto en el pasado, tomando entonces esa actitud de  “todo olvidado”.

El hombre es un ser torpe para moverse en el mundo de los sentimientos, así lo pensaba Almudena, así se lo había demostrado él cuando atrapado en las preguntas desataba la tormenta con palabras llenas de furia y de ira, sin  la intuición de cómo debía actuar.

Caso cerrado, al menos para ella. Quedaba de todo lo vivido ese remanente de circunstancias comunes de las que no te puedes desligar y que por lo menos ayudaba a que el día a día se presentara con una apariencia normal.

Yo siempre tendré el cuarto pequeño junto al jardín y el altillo __ pensó Almudena,___  ahí cabe perfectamente mi  vida.

Se levantó despacio, como si estuviese colocando cada hueso en su sitio, se estiró la blusa y se dirigió  al teléfono.

___ ¿Es la florería?

Estoy llamando porque  han traído un ramo que no es para ésta dirección ¿Puede enviar alguien a recogerlo?

___  La dirección de aquí es…

___Gracias.

Colgó el teléfono con el descanso que da el haber tomado una decisión. Sin titubear sacó el sobre del arreglo  introduciendo un nuevo sobre con la dirección que debió de haber llevado desde  el principio, la de la otra.

Ahora, todo  estaría claro para los tres. Sentía una cierta curiosidad malsana de ver quien daría el primer paso, ella había movido ficha y solo le quedaba esperar y eso era algo que ella hacía bien.

Almudena le dio la espalda a todo y empezó a subir la escalera apoyándose en el barandal, que al igual que a la puerta, la combinación de hierro y madera no le había sentado bien el paso del tiempo y con frecuencia gruñía cuando uno se apoyaba  en él, pero no con ella, a la que le aceptaba el apretón o la caricia  de su mano apenas apoyada en su superficie ya muy ajada.

Entró en el altillo, una habitación extraña en su trazado y medidas irregulares donde recordaba haber jugado de niña  y a la cual le tenía un gran cariño., por eso pasado el tiempo la convirtió en el escenario de  su mundo, un mundo que tenía necesidad de su equilibrio interno  y era ahí solamente donde ella lo sentía, donde era capaz de enfrentarse a cualquier situación sin que  esta la rebasara.

Ignorando el moderno ordenador que sobresalía en un mueble  lleno de libros y papeles en desorden, se dirigió al frente, hacia una vieja mesa de convento  que corría paralela al muro y que encima de ella, una ventana con muchos años, filtraba una luz de serenidad.

Almudena se quedó quieta, contemplaba la vieja máquina de escribir de su padre, para ella un tesoro, allí se escribió cada día el artículo para el diario el Nacional, los epigramas, o lo que él quería contar, historias  que luego partían para hacerse presentes en distintos concursos.

La acarició con la mirada como si quisiera decirle.

__  Tú eres tan importante para mí, que aquí contigo, voy a dar inicio a la que será mi vida a partir de ahora.

Acto seguido, introdujo una hoja blanca de papel en el carro, que giró sin esfuerzo, como si esperara ese instante desde tiempo atrás, presionó la tecla de mayúscula y escribió.

YA NUNCA FLORECERÁN LAS VIOLETAS .

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