Escritorio de madera antiguo con una pluma fuente Sheaffer, tinta verde y manuscritos, evocando el entorno de escritura de Juan Rulfo.

Juan Rulfo, y una manera de escribir

“Se trabaja con imaginación, intuición, y una verdad aparente; cuando esto se consigue, entonces se logra la historia que uno quiere dar a conocer. Creo que eso es, en principio, la base de todo cuento, de toda historia que se quiera contar.” (Juan Rulfo)

En distintas ocasiones, a lo largo de los últimos años me he referido a Juan Rulfo, he escrito sobre su obra, he dado conferencias, y esta vez vuelvo al tema con el convencimiento que tampoco va a ser la última. Amigos y quienes me conocen de mucho tiempo, saben de la cercanía que siempre he tenido con el escritor, con su personalidad nada convencional de lo que se esperaría de un genio de la creación literaria como lo muestra y lo deja patente Pedro Páramo.

Una de los aspectos que siempre se le criticó, y se sigue haciendo de parte de sus compatriotas, es en el decir, de algunos henchidos de envidia, y acomodados en su mediocridad creativa, es que escribe contando mentiras, porque lo que cuenta nunca ha sucedido, efectivamente, él lo dijo alto y claro: La literatura es una mentira para decir la verdad. Una aseveración que en un principio despertó la curiosidad de la prensa y el desconcierto de sus compañeros de oficio.

Porque para los que aún no lo saben, o no lo han sabido descubrir, Para Juan Rulfo lo primordial fue siempre la imaginación, esa imaginación circulando día y noche y que en ocasiones lo levantaba de la cama, le hacía sacar su pluma Sheaffer de tinta color verde, porque él siempre escribía a mano, y ponerse a ello.

En su momento hizo una comparación, que a mi parecer ha quedado para su historia. Él consideraba que existen como en la sintaxis tres puntos de apoyo: sujeto, verbo y predicado, lo mismo en la imaginación hay tres pasos a seguir: Primero crear al personaje, segundo crear el ambiente donde este personaje se va a mover, y el tercero es como va a hablar este personaje, cómo se va a expresar, es decir, darle forma. Estos tres puntos de apoyo es todo lo que se necesita para empezar a narrar o a escribir.

Para algunos escritores la inspiración no está ahí cuando se sientan frente a una hoja en blanco, claro esto es una creencia muy personal, se trata según el escritor, de llenar páginas hasta que de pronto aparezca una palabra que se convierte en el detonante de lo que se va a narrar. Rulfo llegó a comentar que a veces podía escribir diez páginas sin que apareciera el personaje que él buscaba, un personaje que se moviera por sí mismo, y cuando de repente aparece uno lo va siguiendo y en la medida que el personaje va adquiriendo vida, se puede ver entonces hacia dónde va. Ese seguimiento lleva al escritor por caminos desconocidos que lo coloca frente a una realidad o una irrealidad. Entonces se puede crear lo que, al final, parece que sucedió, pudo haber sucedido, o pudo suceder, pero nunca ocurrió.

Llegamos pues al punto que la creación se trata de contar mentiras, porque si nos posicionamos en la verdad, en las cosas conocidas, en lo que hemos visto o hemos escuchado, entonces nos apartamos de la creación y lo que sigue es una narración histórica o un reportaje.

La imaginación es infinita, nunca tiene límites, como ya he dicho anda circulando sin tiempo ni horario y hay que romper donde se cierra el círculo; buscando una puerta, siempre existe una puerta de escape y es por ahí por donde hay que irse. En el transcurrir de esa maniobra aparece otro elemento, la llamada intuición; y es la intuición la que lleva al escritor a adivinar algo que no ha sucedido, pero que está ocurriendo en la escritura.

Rulfo fue siempre un escritor poco menos que aislado en su propio mundo de creación lo que lo llevó a establecer un vínculo afectivo e intelectual verdaderamente entrañable con su obra, en especial con El llano en llamas y Pedro Páramo. La soledad, la imaginación, la aventura experimental, el rigor y el disfrute de la palabra dándole forma escrita a las ideas, fueron siempre el patio de recreo de su creación. Quizá habría que referirse a ese patio donde el tiempo pierde su medida, si es que alguna vez la tuvo, y que en su describir, el espacio-tiempo, adquiere mayor profundidad y da paso a una creación, para él, continua, no así para sus lectores que como en el caso de otros muchos escritores hay un tiempo que se llaman al silencio.

Pero ese silencio de Juan Rulfo ha sido el más zarandeado, escudriñado y criticado en el panorama cultural del México de aquellos días, y al día de hoy todavía inmerso en el misterio. Un mutismo que da cabila para imaginar lo que nunca se llega a conocer. ¿Motivos? Desde luego los hay ¿saber cuáles fueron? eso es otro cantar. Para la escritora María Teresa Glealson su opinión es “ En Rulfo la autocrítica ha llegado a ser tan severa ante su propia fama, que el vertedero de su mano no se puede abrir para dejar correr la pluma nuevamente.” Lo que es un hecho es que este planteamiento ahonda más en su leyenda.

Ya sea rodeado de premios o de silencios, cada escritor sabe dónde quiere llegar en el colectivo de sus lectores y conoce la fórmula para mantener activa, antes la máquina de escribir, ahora la computadora, y en el caso de Rulfo su estilográfica Sheaffer.

El escritor, mal que nos pese transita casi siempre por una cuerda floja, moviéndose entre lo que él desea escribir, lo que los lectores esperan que escriba y lo que esperan las casas editoriales.

Este no fue el caso de Juan Rulfo, que dejó de transitar por esa cuerda, cuando terminó de contar lo que tenía que contar, y ya no buscó más de lo que sabía que iba a decir; simplemente jubiló su pluma y se acomodó en el silencio.

Para nuestro gozo y disfrute lector ahí están sus libros, y repito lo que digo siempre: No hay que buscar fuera lo que tenemos en casa.

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