FRONTIER.
La última frontera
Era el final del año pasado cuando, mi encuentro con una palabra MareNostrum, me llevó a buscar y descubrir en el mundo de la Inteligencia Artificial ese pequeño y a su vez inmensamente poderoso “claustro para los iniciados de la IA” de las tres supercomputadoras más famosas y más poderosas. Al final de aquel recorrido, recuerdo haber expresado la seguridad de encontrarnos en el futuro con otras máquinas más avanzadas, máquinas que quizá estarán ya al borde de cruzar a otros mundos del conocimiento.
Recuerdo también haberme encontrado, mientras investigaba sobre las tres grandes, con alguna referencia a la computadora norteamericana Frontier. La verdad no le hice mucho caso, no sé si por ser, como decimos coloquialmente, “gringa” o porque no le encontré esa palabra mágica que me hiciera sumergir en la búsqueda de algo romántico que ligara el mundo de la ciencia con la creación literaria, entonces lo dejé ahí.
La cuestión es que en días pasados leí un artículo sobre el Proyecto Manhattan, como todo lo de los Estados Unidos, impresionante. Me llamó la atención y empecé a tirar del hilo para ver a donde me llevaba.
Le voy a dar a esta historia la calidez de un relato literario para crear alrededor de la aridez técnica un espacio donde los que somos neófitos en ella, encontremos la manera de adentrarnos sin el estrés que produce el no saber, al menos a mí me lo produce.
Nos situamos a finales de la Segunda Guerra Mundial, lo hacemos en un lugar llamado Oak Ridge un lugar remoto del Estado de Tennessee, ese iba a ser el hogar del ambicioso Proyecto Manhattan. Allí se concentró la investigación avanzada de energía, de física, y con ello de toma de decisiones que dan entrada al futuro.
Es en este entorno boscoso, donde la historia le da la mano al porvenir y le dice, ¡Vamos! Es donde se decide apostar por una máquina capaz de ejecutar más de un trillón de cálculos por segundo. Un umbral que ninguna otra había cruzado antes.
Pero hay que volver a Tennessee y retratar con las palabras el lugar de la gestación de Frontier.
En un espacio único para la historia, donde los bosques del este de los Apalaches se funden con los ecos de la ciencia más audaz, los retienen, y crean una memoria, se alza un titán silencioso. Oculto tras los muros discretos del Oak National Laboratory (ORNL), una criatura de silicio y cobre respira datos a una velocidad jamás vista por el hombre. Es ella la supercomputadora, la gran apuesta a la que llamaron Frontier.
Me pregunto, su nombre, ¿será una declaración de intenciones?
Pero no nació de la noche a la mañana. Fue concebida en 2019, como parte de una iniciativa del Departamento de Energía de los Estados Unidos, para liderar la carrera de la computación exascala, desarrollada por Hewlett Packard Enterprise, en colaboración con AMD y no es solo una máquina, es una orquesta inmensa de procesadores EPYC y aceleradores gráficos. Ml250X, latiendo al unísono dentro de más de cien gigantescos racks. Bajo su piel corre un alma de Linux, libre y poderosa, que gobierna más de 8 millones de núcleos de procesamiento.
Forma parte del DOE para construir máquinas capaces de simular fenómenos físicos complejos como energía nuclear, astrofísica etc. Su poder también le permite crear modelos climáticos precisos, diseñar medicamentos mediante estimulación molecular, y explorar teorías fundamentales de la física. Líder mundial en potencia bruta, eficiencia energética y aplicaciones científicas complejas.
Lo dicho, toda una declaración de intenciones.
Pero Frontier no ha venido al mundo para calcular cifras simples y sencillas, es un cerebro para encarar los desafíos más grandes. Su misión es mucho más grande, más vasta. Se le ha encomendado entender el cambio climático con modelos que ningún humano podría procesar. También simular el plegado de proteínas para curar enfermedades hoy en día incurables, además de explorar en universo cuántico y proyectar las posibilidades de la IA en todas sus formas.
Desde sus primeros latidos en 2022, Frontier ha estado centrada en la simulación de pandemias, en el diseño de nuevos materiales, y en los secretos nucleares dela materia. Como era de esperarse, científicos de todo el mundo compiten por un instante de su atención.
Nadie oye a Fromtier pensar, ella trabaja en silencio, su estancia está fría como una cámara estelar. Solo algunos técnicos caminan entre sus columnas metálicas, y lo hacen con la reverencia de quien pisa un templo. Sin embargo, dentro de sus circuitos, el universo entero se despliega y repliega como un origami de lógica pura.
Salimos de nuestro recorrido y la dejamos allí, en su templo de iniciación y resguardo. Frontier no tiene rostro, pero si presencia. No tiene voz, pero transforma al mundo. Ella es el presente de un futuro que ya ha comenzado.
Yo, anotaré en mi libreta lo que llega para transformar, para corregir, para sanar, para poner sintonía en los arrebatos climáticos, para darle orden y concierto a lo que dicen que es el origen de todo, las matemáticas, para convertirse en el hacedor de medicamentos imposibles y vacunas inexistentes… y todo lo demás.
Sí, yo anotaré en mi libreta estos nombres: MareNostrum; Leonardo; LUMI, Frontier, en espera de las siguientes super máquinas que seguirán apareciendo y dirán presente.
Recuerda: Con la Inteligencia Artificial, estamos viajando hacia el infinito.
Hasta la próxima.