Mi charla con El Papa Francisco
A Francisco, ¿cómo definirlo? ¿se parecía al Padre Supremo? Nunca lo vamos a saber, porque la verdad es que, a Dios, al que nosotros la mayoría identificamos como tal, lo hacemos a través de Jesucristo y entonces lo sentimos me atrevería a decir, más humano que divino; un hombre hecho de bondad, que lo hemos visto en su vida terrenal, en ocasiones, sufrir y llorar… y que hace milagros. Ese es Dios para muchos de nosotros.
Hubo alguna ocasión estuve tentada de escribirle al Santo Padre, me hacía ilusión imaginar que iba a responderme y que podría tener con Él una especie de charla epistolar; yo contándole mis cosas, mis dudas y Él dándome respuestas como se les dan a los niños que preguntan mucho. Claro, nunca lo hice, porque cuando dejaba mi mundo de escritora donde todo es posible, donde todo está al alcance de una pluma y una cuartilla; entonces veía la realidad y sabía que hay un camino de obstáculos imposibles de traspasar.
Pero tengo la seguridad absoluta, que de no existir todo ese aparato gubernamental que lo rodea siempre y lo sitúa como de Jefe de Estado, esas charlas y conversaciones lo mismo que mantener una correspondencia, se hubiesen dado con naturalidad. En el paso de Jesucristo por la tierra, uno se le podía acercar y hablarle no necesitabas nada, solo ir a su encuentro…hoy, para tener una audiencia, con el que es su representante, hay que pasar filtros y controles y si es posible, tener una “palanca” dentro del Vaticano.
Ahora que han pasado ya algunos días de su fallecimiento, y que lo he visto nuevamente en programas sobre su vida que han estado transmitiendo la mayoría de las televisoras del mundo, la idea hipotética de esa conversación, ha vuelto a mi mente, y lo ha hecho con fuerza durante este tiempo, hasta llegar a plantearme el plasmarla en estas hojas en las hoy que me confieso.
Así qué me he preguntado, ¿por qué no?
Lo que voy a narrar a continuación lo siento real, es decir, de haberse dado ese encuentro, estoy convencida que no habría tenido gran diferencia con lo que voy a contar, porque hay algo que no puedo expresar con palabras y, por lo tanto, tampoco escribirlo, pero que dentro de mi está esa seguridad de casi casi haberlo vivido.
Apenas un leve roce de una puerta al abrirse y alcancé a ver la parte baja de la sotana blanca, era el Papa, y yo, con un reflejo proveniente de mi infancia y adolescencia de formación con monjas Escolapias en una España de los años 50, con una liturgia más franquista que vaticana, hizo que me arrodillara para recibirlo. Avanzaba hacia mí, apoyado en su bastón, pero con paso seguro. Yo, incliné la cabeza como una señal de respeto. Era un hecho tan extraordinario estar en su presencia, que me producía una cierta inquietud el no saber cómo debía de actuar.
Escuché su voz, envuelta en notas de cristal que me decía:
.- No, por favor, de pie. Y a continuación me señaló un sillón frente a él.
Aquí empezaba esa muy breve historia mía, con un jesuita argentino que sin creérselo llegó a ser Papa.
.- ¿Así que vos,venís de México?
.- Sí Santidad, allí vivo, pero soy española, de Barcelona.
El Papa, tenía una mirada divertida cuando me preguntó si yo era devota de la virgen de Montserrat y cuando le respondí que no, que la imagen que siempre llevaba conmigo era la de la virgen de Guadalupe, sus ojos me miraron como diciéndome ¡lo sabía! Y a continuación expresó:
.- ¿Qué tiene la Guadalupana, que a todos atrapa bajo su devoción? Sin distingo de nacionalidad, de raza, o edad. Todos caemos rendidos ante ella.
Por un momento pareció reflexionar, para a continuación dirigirme una pregunta que me dejó fuera del guion.
.- Vos tenés unas preguntas para las cuales buscas respuestas, y pensás que yo puedo darlas, ¿no es así?
Sí así era, pero yo estaba segura que a la hora que llené la solicitud para la audiencia, nunca mencioné que mi intención era hacerle tres preguntas, solo tres. Recuerdo perfectamente haber escrito en el apartado donde se debe indicar la razón por la que estás solicitando la audiencia, haber anotado, que era escritora, que escribía mayoritariamente literatura infantil, y que me gustaría poder en algún momento, contar un encuentro con el Santo Padre en una historia para los más pequeños.
Su voz me volvió al momento, cuando escuche que me decía, con su voz cantarina.
.- Hacedme las preguntas, pero desde ahora te digo que las respuestas que tú quieres solo las tiene Dios, yo solo soy un hombre de fe, un sucesor de San Pedro, que fui elegido para estar por un tiempo terrenal al frente de la Iglesia qué Jesucristo fundó para todos los hombres.
Escuchándolo, tuve la sensación sin lugar a dudas que él tenía, como se suele decir, “derecho de picaporte” con Dios Padre, ese Dios que la biblia nos dice hablaba con frecuencia, con Abraham, con Moisés, con Elías, etc. Ese es un don que no ha todos se les da, y al Papa Francisco se le había dado.
.- ¿Qué es el infierno? O más bien ¿existe?
.- No lo conozco, y espero no conocerlo. Lo que sí puedo decirte es que un Dios amoroso y misericordioso no puede haber creado algo tan aterrador con esas lenguas de fuego quemando a los pecadores por siempre. No olvidéis que el Padre quiere que todos lleguemos al cielo y qué hasta el último momento de nuestra vida, hay manera de buscar esa puerta del paraíso.
Sonriendo añadió. ¿Sabés que pienso que es el infierno? El infierno es el no poder contemplar nunca el rostro de Dios, el no poder saber y gozar de lo que hay detrás de la puerta que cuida San Pedro.
.- Los doce apóstoles… todos hombres. ¿por qué?
Me he hecho esta pregunta en distintos momentos, por aquello que nos enseñan de que Dios tomó una costilla de Adán y con ella creó a Eva, y que parece qué, con eso, se nos coloca desde el inicio en un escalón por debajo del hombre para casi todo, incluyendo ser parte activa de su iglesia. ¿Es así?
.- No, claro que no, y ninguna mujer , ni nadie debe de pensar eso. Cuando Jesús busca a los que serán sus discípulos, los tiempos estaban convulsos, aún para los hombres la situación era difícil. Roma tratando de mantener un control en la zona siempre conflictiva con los judíos… vos conocés la historia
¿Las mujeres podrían haber llevado a buen término lo que Jesucristo les encomendó, además de protegerlo? Ya te digo yo que no.
.- Para la iglesia de hoy, hombres y mujeres tienen el mismo rango de importancia, no hay uno superior a otro, solamente que el Señor nos tiene destinados a unos y a otros para distintos menesteres.
Hasta ese momento yo no había visto su mirada inteligente de jesuita, una mirada que yo podría definir de búsqueda al interior del conocimiento doctrinal y que afloró para dar con las palabras que no podían dejar ninguna duda de lo que me iba a decir.
.- El mayor acontecimiento para los que somos creyentes, lo que marca un antes y un después en nuestra fe es la resurrección. Cristo resucita y con ello nos da la vida eterna. Un hecho tan importante y que queda constatado con su primera aparición.
.- Ese domingo de resurrección, Jesús, resucitado, ¿a quién es la primera persona que se le aparece? A María Magdalena, a una mujer.
Me miró sonriendo, confiado de que yo había entendido lo que quiso decirme.
.- Vos tenés una pregunta más, ¿cuál es?
Yo seguía sin entender cómo fue que supo que le iba a hacer tres preguntas. Me convencí que eso caía también en una cuestión de fe, no lo entiendo, pero lo acepto.
María, ¿cómo habrá sido su relación con su hijo?
.- Si Santidad, esta última pregunta es por decirlo la más terrenal, la que a mí como madre me causa gran curiosidad, el imaginar como la Virgen María manejó eso de ser la madre de Dios… no ha de haber sido fácil para ella. Era una mujer muy joven, de familia sencilla, y en aquellos tiempos, con prácticamente, cero escolaridad. ¿Cómo su mente procesó el hecho de que iba a ser madre, siendo virgen y además del hijo de Dios?
.- Sé lo que me va a responder. Con fe y aceptación de los designios del Altísimo. Con lo que se nos enseña en el catecismo “Hágase en mí según tú palabra”
Todos deberíamos de tener esa actitud ante los acontecimientos que no nos resultan fáciles de entender y de aceptar; seríamos mejores y nos iría mejor en nuestra vida.
.- Me pregunto, María, ¿le llamaría la atención o lo habrá corregido de ser necesario? ¿Se habrá sentido alguna vez intimidada ante la mirada de ese niño que era Dios? ¿le contaría en alguna ocasión lo extraño de su concepción y de que Él tenía dos padres?
Esas y otras preguntas, créame, sobre lo que habrá sido esa relación madre e hijo tan sui géneris, acuden a mi pensamiento y en esos momentos pienso, que para la virgen en ocasiones le habrá producido estrés, como decimos ahora. Aunque también pienso que Dios Padre que la escogió para tal menester le habrá allanado, de alguna manera el camino, ¿no lo piensa usted así?
Nos miramos, ambos teníamos una sonrisa en los labios; la del Papa divertida ante mis ocurrencias, como digo, tan de aquí y ahora; la mía, mostraba que me sentía cómoda en esa conversación.
Te cuento, la mujer, a la que el Señor proveyó de muchos dones y habilidades la hizo práctica, muy práctica y en base a eso María una vez aceptó, como hemos comentado con fe, su maternidad divina, pienso que se ha de haber centrado en ver a Jesús como cualquier otro niño de su edad, como los hijos de sus vecinos. Porque así fue al principio, hasta el momento de emprender la tarea para la cual había venido a este mundo. Y sí, sí creo que la Virgen comentaba con Jesús, ya adulto, lo que Él tenía que enfrentar en su momento, y como madre le habrá pedido que tuviese cuidado, y le ha de haber aconsejado; aún a sabiendas que todo lo que iba a acontecer ya estaba escrito.
Antes de que se abriera nuevamente la puerta por la que Francisco entró hacía unos treinta minutos largos, supe que mi charla había terminado, el tiempo se había ido de repente pidiéndome que yo también me fuera.
Para cuando un sacerdote me indico con un gesto amable que debía retirarme, yo ya me había puesto de pie y me dirigía hacia el Papa, con un sentimiento que no puedo describir, una emoción que nunca había sentido, y que aún al día de hoy no la puedo descifrar, me incliné y le besé el anillo. Después una sola palabra, gracias.
Caminé hacía el lugar por donde había entrado, siempre acompañada del sacerdote, en realidad, no sé si por estar cerca del Papa, ostentaba un rango mayor. Ya casi para llegar a la puerta oí su voz que me hacía una recomendación: “No dejés de escribir esa historia para los niños del encuentro con el Papa Francisco”
Giré levemente, lo miré, y mi mano hizo un gesto de despedida.
Sabía que no nos volveríamos a encontrar, sin embargo, me llevaba conmigo la certeza de que ya para siempre estaríamos en comunicación, una comunicación espiritual a la que yo en algún momento de necesitarla estaría ahí.
Termino esta charla con la certeza absoluta de que las líneas del poeta son una verdad.
“Quien habla solo, espera hablar con Dios un día”