¿Los jóvenes abrazan nuevamente la idea del matrimonio?

¿Los jóvenes abrazan nuevamente la idea del matrimonio?

Estamos celebrando hoy esa “fantástica” fecha del día del amor y de la amistad sobre todo para los comerciantes que incrementan jugosamente sus ventas. A veces he llegado a pensar que cómo es posible la cantidad de “días de festejos” que hemos llegado a crear a lo largo del año; festejamos a uno y a otro y lo hacemos por inercia, sin saber muy bien de qué va, solamente siguiendo esa costumbre que ya es casi un rito.

Pero, hoy no voy a referirme a San Valentín específicamente, ya lo he hecho en otras ocasiones y probablemente lo volveré a hacer, porque su historia sin definirse bien, está ahí, alimentándose año con año: que si no existió; que si hay varios santos con el mismo nombre, lo cual no es el único caso en el Santoral Católico, qué no se sabe bien cuál de ellos es el del amor; qué si uno de los que la iglesia dio de baja; que si llegó a ser nombrado santo un poco de rebote como digo, la historia se alimenta de ocurrencias.

Pero ya que estamos con el tema del amor, hay aspectos más importantes y trascendentes relacionados con él, que son interesantes de conocer, y sobre todo estar al día en ese ir y venir de ese pasajero que todos llevamos con nosotros y seguirle un poco el paso para ver hacia donde va.

Quiero comentar sobre el matrimonio, sobre lo último que he leído y que me ha hecho reflexionar en algo que puede definirse como una costumbre, un sacramento, si eres creyente, una manera de ser y actuar llegado el momento. Podríamos definirlo como los aconteceres que nunca desaparecen totalmente de nuestra vida, aunque por tiempos se hacen invisibles mientras esperan que volvamos a nuestro punto de partida.

El matrimonio es el ordenamiento y regulación de la sociedad, existe la ley de los hombres, es decir el matrimonio civil, él que tiene valor jurídico en cualquier parte de este mundo y luego para los que son miembros activos de una iglesia, el matrimonio canónigo, que proporciona esa tranquilidad de haber hecho las cosas bien.

Desde las bodas de Caná hasta el día de hoy hemos visto como el matrimonio en ocasiones se separaba del amor y cambiaba, se acoplaba a los tiempos y sus necesidades, tan es así que en ese lapso lo hemos conocido en todas sus versiones: De conveniencia, de arreglos familiares, por pactos de poder, hasta conciliados para conseguir residencia en otro país, y antiguamente para unir reinos y evitar guerras Y mientras esto sucedía, paralelamente, surgía lo que ha sido hasta hace poco la última versión moderna del matrimonio, la unión en pareja, o lo que viene siendo pareja de hecho, que como dicen los jóvenes sin firmar nada porque dicen que no hace falta, la firma no garantiza su durabilidad ni le da estabilidad.

Y se sigue en una búsqueda hasta lo no imaginable, ahora resulta, que lo último, lo que está de moda en una relación de pareja es lo que podríamos llamar un matrimonio con dos casas. Si así es, las bases de la convivencia son las mismas que en un matrimonio tradicional, pero no viven juntos, cada uno tiene su propio espacio con su casa, como se refieren a ello los que practican esta “modalidad”.

Todo está bien, todo se respeta, pero después de hurgar en nuestro interior, y de aventurarse en encontrar un sustituto para esa palabra que asusta, que es matrimonio, hay señales que volvemos, o al menos algunos, a lo de antes, a lo tradicional, a firmar ese papel que le había proporcionado un cierto marco de continuidad a la sociedad. Este cambio se está produciendo, según he leído, en algunos países europeos.

Y, ¡claro! la pregunta es, ¿qué ha podido pasar para que, a estas alturas del siglo XXI, volvamos atrás? El debate está abierto; hay posturas de todo tipo manifestándose al respecto, por supuesto, y yo también manejo mi propia teoría, que además creo que es muy simple de dilucidar.

Los jóvenes vuelven al matrimonio, y me refiero al que nos regula como sociedad, el matrimonio civil, simplemente porque la mujer hoy llega a ese momento de su vida totalmente dueña de sus actos, de su proyecto de vida; es decir, llega en igualdad de condiciones que su pareja, segura de sí misma sin temor o reservas de lo que pueda acontecer después de que estampe su firma, porque es una mujer libre, preparada, capaz de manejarse en el mundo actual sin un compañero a su lado en caso de que las cosas no funcionen bien y esa condición de empoderamiento le permite fincar sus bases para crear una familia donde los hijos tengan la estabilidad que da el vivir junto a papá y mamá todos los días.

No nos engañemos, el hombre no piensa en casarse hasta que la mujer un día le dice, ¡nos casamos!

Así, ha sido siempre, y me atrevo a decir que así será por mucho, mucho, tiempo.

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