Eglantyne Jebb

EGLANTYNE JEBB.

La mujer que desarrolló la Primera Declaración de los Derechos de los Niños.

Esta inglesa de pelo rubio y ojos azules obsequio de su ascendencia celta, nació un 25 de agosto de 1876 en una antigua y señorial mansión en el condado de Shropshire, una casa llena de libros y de historia. Su padre abogado, siempre interesado y atento a los asuntos locales de carácter público y su madre crea un movimiento para enseñar lo que denomina ciencias del hogar y manualidades a las mujeres del pueblo. Por lo que se sabe era una familia feliz, muy unida.

Eglantyne siempre estuvo consciente de que había sido una niña y después una joven privilegiada; tuvo una educación libre y esmerada, con institutrices que además le aportaron el conocimiento de otras lenguas, así llego a dominar el francés y el alemán. Desde niña fue una gran lectora, tuvo muchos estímulos intelectuales e influencias modernistas lo que la preparó para la gran labor que en un futuro iba a emprender.

Era una mujer sencilla, amante de la vida modesta, que vestida con faldas largas y calzada con botas ajustadas, gustaba de hacer largas caminatas en solitario por el campo, y a veces subir al monte Salève para poner en orden sus ideas. Frecuentaba a personas comunes y corrientes pues decía en el sentido social, que solo debería de existir una clase, la clase de la humanidad. Una idea muy romántica para aquellos años dónde estaban tan marcadas las clases sociales.

Perteneciente a una poderosa familia intelectual, no es de extrañarse que con 19 años fuera a la universidad de Oxford, allí estudiaría Historia, y más adelante, con la ya incipiente preocupación que sentía por la infancia, asiste al Stockwell Training College de Londres, escuela que preparaba a los alumnos para ejercer el Magisterio, es decir, maestros. Para cuando terminó sus estudios y comenzó a dar clases, la mayoría de los niños eran hijos de familias muy humildes y ella buscaba la manera de conocer el entorno familiar de sus pequeños alumnos y de trabajar con ellos de forma de motivarlos en su día a día, pero estaba consciente que con la escuela no era posible ayudarlos a mejorar su destino, y que la enseñanza por sí sola no era suficiente.

La oportunidad de aclararle el camino que debía de seguir se presenta en una misión humanitaria a raíz de la guerra de los Balcanes que había iniciado en 1912.

Eglantyne llega a ese escenario en 1913. Hay multitud de refugiados, pero sobre todo, largas filas de niños huérfanos o separados de sus padres que están en una espera que parece interminable, para recibir una ración de sopa de la cocina ambulante de la que ella forma parte. Niños y niñas que ya no juegan, que han olvidado lo que es una sonrisa, que no tienen el tiempo para socializar con otros niños, para hacer amigos. Como ella dijo, jamás olvidaría esa experiencia tan amarga.

Finalizada la guerra de los Balcanes, regresa a Londres y lo hace con una inmensa preocupación de la necesidad inminente en dos aspectos fundamentales. Salvar a los niños de la enfermedad y la hambruna.

En agosto de 1914 estalla la primera guerra mundial, los diarios informan puntualmente, de las batallas que se van librando, pero no hay información de lo que puede estar pasando con los niños que están, como los adultos, viviendo esa guerra, pero con menos posibilidades de sobrevivir. Eglanttyne y su hermana recogen toda la información que pueden y viajan por toda Inglaterra tratando de hacer partícipe a la sociedad para mover al gobierno con el lema “los niños de Europa necesitan alimentos, médicos, enfermeras; y los necesitan ahora mismo.”

Pero la acción del gobierno es muy lenta, así, que es necesario poner en pie una organización para salvar a los niños. Es entonces cuando nace la idea de una Fundación que va mucho más allá de lo que sería con el tiempo la creación de lo que hoy conocemos como una ONG. Es en abril de 1912 que crea De Save the Children. En un primer momento con el objetivo de reunir fondos para poder adquirir leche para los niños de Viena y en una segunda instancia procurar ayudas para distintos países.

La gente donaba con gusto sabiendo que cada chelín serviría para comprar leche, toda Inglaterra hablaba de Save the Children y se tuvo que crear una Oficina Central en Londres para recoger las donaciones y canalizar la ayuda.

No mucho después Save the Children era conocida y respetada por todos; se sabía que era una organización competente para llevar a cabo grandes campañas de ayuda humanitaria donde fuera necesario.

Una tarde de 1922 había subido a ese monte que para ella ponía paz a sus ideas, el Salève y fue allí, en un momento dado, que la activista redactó el borrador de los derechos de la infancia. Solo cinco puntos, pero que serían fundamentales para que unos años más tarde se convirtieran en lo que hoy se conocen como la Convención sobre los Derechos del Niño de la ONU.

1.- EL NIÑO deberá recibir los medios materiales y espirituales necesarios para su normal desarrollo.

2.- EL NIÑO hambriento deberá ser alimentado; el niño enfermo deberá ser curado; el niño discapacitado deberá ser apoyado; el niño delincuente deberá ser reformado; y el niño huérfano y abandonado deberá ser protegido y asistido.

3.-EL NIÑO deberá ser el primero en recibir ayuda en situaciones de emergencia.

4.-EL NIÑO deberá ser puesto en una situación que le permita ganarse un sustento y el niño deberá ser protegido ante cualquier forma de explotación.

5.- EL NIÑO deberá ser educado en la conciencia de que sus talentos han de ser empleados al servicio del prójimo.

A esta declaración de 5 artículos se le añadieron con el tiempo dos más, sirviendo en 1959 de base para la “Declaración de los Derechos del Niño” de Naciones Unidas

Para las personas que colaboran en este gran proyecto de Eglantyn, Jebb, tienen presente una frase suya que define todo: El ayer, el hoy y el mañana en la protección y cuidado a la infancia:

“El único idioma internacional es el llanto de los niños.”

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