Delmira Agustini
Poeta leal y solidaria con el erotismo poético
¿Poeta o poetisa? Pues definitivamente poeta, hay tantas y tantas palabras que son y están como deben de ser y estar en el castellano, y no sé por qué muchas voces femeninas se alzan buscando un reconocimiento a su género a través de modificaciones en una lengua que tiene todo resuelto con la utilización del artículo. Es muy triste que algunas mujeres necesiten que se les añada dos letras más al masculino para sentirse valoradas y seguras en su género.
Pero no quiero salirme del tema de hoy, así que dejaré ese mendigar de algunas a la Real Academia de la Lengua para que realicen algunos cambios, para algún otro día, para otro artículo, y ahora me referiré a Delmira Agustini, poeta uruguaya, del siglo XX.
Nace en Montevideo un 24 de octubre del año 1886, hija del matrimonio formado por Santiago Agustini, uruguayo y María Murfeldt de origen argentio. Su familia tenía un estatus económico muy bueno, así que Delmira como todas las señoritas de buena posición de su época, se educó en casa donde recibió una educación exquisita: francés, clases de piano y pintura etc siempre con tutores privados. Hasta aquí nada sobresaliente, a pesar que se ha dicho que fue una niña precoz en su aprendizaje pues con 5 años ya sabía leer y escribir. ¿Esto influyó para que a los diez años ya escribiera sus primeros versos?
Llega a su adolescencia y de ser una niña solitaria y silenciosa pasó a ser una adolescente que prefería la soledad de su alcoba a las reuniones sociales; su tiempo se divide entonces entre la lectura, la poesía y en dar largos paseos por el parque. La lectura la enriquece y los paseos en solitario la vuelven reflexiva.
Con solo 16 años publica sus primeros poemas en una revista conocida con el título de Alborada y en otras literarias, como Rojo y Blanco. Sus poemas tienen un estilo modernista, la joven escribe sobre ilusiones y sueños y en sus líneas se lee el idealismo. Pero eso iba a cambiar.
Pasado un tiempo, la poesía de Delmira, siempre fiel al modernismo, muestra un cambio, se vuelve erótica y sensual y va posicionada en un tono feminista; todo ello contrario a la moral existente en su época, en una sociedad patriarcal como era la uruguaya,
En 1907 publica el que sería su primer poemario, El libro blanco (frágil) con una muy buena acogida de la crítica. Teniendo en cuenta que el ambiente existente en Montevideo, en el momento que publicó su poesía estaba marcado por fuertes contrastes. Por un lado, puritano y conservador con el tema de la sexualidad, pero a la vez aparecía más liberal y progresista en otros aspectos. Por ejemplo, entre 1903 y 1915 de concretó la primera ley de divorcio del continente eso ocurre en 190,7 y en 1912 se crea la Universidad de Mujeres. Todo un logro.
Pero la realidad, a puerta cerrada en cada una de las casas del medio donde vivía y escribía Delmira, era muy distinta. Sin dejar de reconocer su talento, su temática explícitamente erótica, quedaba muy lejos de lo que se consideraba el estereotipo de lo que tenía que ser una mujer soltera y virgen; y en el recogimiento del hogar la desnudaban socialmente con los fuertes comentarios que se dejaban oír.
Para 1910 que publica su segundo poemario, Cantos de la mañana, ella ya está posicionada como una gran poeta no solo por su talento, también su personalidad le dan presencia en la vida cultural uruguaya que le permite empezar a relacionarse con algunos intelectuales más representativos de la época como, Roberto de las Carreras, Alberto Zun Felde, Carlos Vaz Ferreira y algunos más, todos curiosamente de más edad que ella.
Pero hay una figura literaria a la cual Delmira admira sobre todas las demás es a Rubén Darío. Lo conoce en 1912 en un viaje que el nicaragüense realizó a Montevideo, casi de inmediato empezaron una amistad epistolar que duraría en el tiempo. En esta ocasión, acompaña a Rubén Darío en su visita a Uruguay, su amigo argentino Manuel Ugarte, quien después de este encuentro, empieza a visitar con frecuencia a la poeta.
Para este momento, en la vida de Delmira hay una persona que la ha enamorado, Enrique Job Reyes un joven un año mayor que ella y también perteneciente a una familia de la alta burguesía que se dedicaba al negocio de la compra y venta de caballos. Un noviazgo a escondidas, en principio, epistolar y que duraría cinco años.
Pero volviendo a sus versos, a su obra literaria, en el mes de febrero, de 1913 publica su tercer libro de poemas, Los cálices vacíos. Este tercer poemario, más sensual y erótico de lo que había escrito hasta el momento, es censurado abiertamente por la sociedad. Sus versos son considerados escandalosos, no solo por el hecho que la autora fuera una joven soltera, sino porque no se aceptaba que la mujer pudiese sentir deseo, solamente podía ser objeto del deseo, es decir, podía ser deseada.
En Los cálices vacíos la poeta rompe con la imagen erótica impuesta por la tradición literaria masculina; le da un vuelco a imágenes y conceptos establecidos por la tradición modernista y habla abiertamente de sus experiencias como mujer. De ahí las palabras que le dedica Rubén Darío al inicio del poemario, “por su alma sin velos y su corazón de flor”
El 14 de agosto de ese mismo año, 1913 Delmira y Enrique Reyes se casan. Pero curiosamente en ese momento ella ya siente una gran atracción por el argentino Manuel Ugarte quien dicho sea de paso, es testigo de su boda. Si a esto se le une la diferencia de intereses entre la pareja, incluyendo que el marido no entendía, ni le gustaba, la vocación literaria de su mujer, no es de extrañarse que mes y medio después del matrimonio, el 13 de noviembre Delmira Agustini, señora de Reyes, solicitara el divorcio alegando diferencias que imposibilitan una reconciliación con su marido.
Pero la personalidad de esta mujer tan singular nos lleva más allá de una primera lectura de lo que fue su vida; habría que preguntarse si esa sensualidad que la envuelve y la proyecta a las grandes esferas literarias, la tiene atrapada entre dos hombres. Con Manuel Ugarte, con quien una vez en trámite de divorcio empieza una relación epistolar intensa donde plasma todas sus emociones amatorias. Y por supuesto con el aún su marido, con el que tiene encuentros amorosos en un piso que Reyes renta para verse con ella.
Sensualidad, sexualidad, y ambas atrapadas en un erotismo de manifestaciones a las que ella les daba vida en sus versos.
El 22 se junio de 1914, se falla el divorcio. Después de esa fecha, Delmira acude al piso una vez más el 6 de julio, y será la última. Reyes con el amor enfermizo que le tenía y acosado por los celos, le dispara dos tiros en la cabeza y después se suicida.
Siempre en todo y en todos hay algo que se queda. Yo en esta caso me quedo con la visión que legó del concepto y manejo del lenguaje erótico y el deseo femenino, rompiendo todos los códigos y normas a cual más conservador y puritano creando un modelo femenino de voces que tomaron su relevo después de su trágica muerte.