Azul, Azulete… ¡V U E L A!

Un cuento escrito por María José Almudí Antín
1
“Esta es la historia de un niño que quiso fabricar un avión para ir en busca de su papá que un día se lo llevó una nube muy grande, y él, sólo sabía que para llegar hasta allí, hasta el cielo, necesitaba construir un avión, uno pequeño, porque él era un niño pequeño; así que pensó que sería mejor una avioneta y como no tenía nada para fabricarla, entonces la fabricó con sus sueños…”
Cuándo el sol, ya con la cara lavada y bien peinados sus rayos dorados se asomaba por encima del campanario de la iglesia, Matías salía de su casa, corría y corría para llegar antes que él a la pequeña pista del minúsculo aeropuerto y ver cuándo la niebla, como si se le hubiese hecho tarde, se iba escapando a toda prisa dejando todo limpio y reluciente.
Entonces Matías seguía el borde del camino que llegaba hasta la casa de las avionetas, como él llamaba al viejo almacén que se había convertido en su lugar de resguardo. Le gustaba ir a darles los buenos días y ver que durante la noche no les hubiese ocurrido nada.
Eran cuatro, la primera de color amarillo, con las puntas de las alas blancas y unas letras que ponían sobre la puerta: SERVICIO POSTAL, al lado de un gran sobre blanco. Jacobo era el cartero, que además sabía volar, ¡eso tenía maravillado a Matías!
La segunda era roja, igual al camión de los bomberos, y la utilizaba Celso para fumigar los campos cuando tenían alguna plaga. Matías pensaba que a Celso le gustaba bailar con la vieja “Chucha”, como él llamaba a su avioneta, pues cuando volaba subía muy alto, muy alto y, luego, bajaba como una estrella fugaz, tan rápido que él casi no podía seguirla con la mirada y sólo alcanzaba a ver la lluvia finísima que iba soltando a su paso.
Además de eso, él había visto como antes de echarla a andar Celso le dirigía siempre unas palabras cariñosas y le daba unas palmadas con su mano izquierda en el morro, justo en medio de la hélice. Eso le hizo pensar a Matías que “Chucha” era una avioneta afortunada porque su dueño la quería mucho.
2
Luego, estaba también la de la policía, que era un poco más grande, y sobre todo, tenía un aire de seriedad, toda gris y con un gran escudo en la cola. No volaba todos los días y cuando lo hacía era casi al anochecer, cuando la pista se iluminaba como si estuviera de fiesta.
“La Jefa,” como se la conocía cariñosamente, era muy presumida y rodaba lenta y majestuosamente hasta colocarse en posición de despegue al inicio de la pista esperando instrucciones de la pequeña torre de control, mientras unas luces se asomaban a ambos lados de las alas, parpadeaban, y le hacían guiños a las estrellas que iban apareciendo en el cielo. Ese era el momento qué a ella le gustaba volar, cuando el sol antes de irse a dormir había pasado revista y se había despedido hasta el día siguiente sabiendo que dejaba todo en orden.
El aeropuerto entonces cambiaba su apariencia, las luces tomaban el control de los tejados vistiendo a los pequeños edificios de fiesta y los lados de la pista se acordonaban con un sinfín de colores que parecían perderse lejos, muy lejos.
Junto a la “jefa” se abría un espacio grande en la esquina, allí se guardaba una hermosa avioneta blanca con su cruz roja que se distinguía desde muy lejos, la llamaban “voy volando” y un día él le preguntó a su papá porque le había puesto ese nombre, él le contestó que se llamaba así porque tenía que ir muy deprisa a socorrer a los enfermos y a los heridos.
Pero, ahora ese lugar estaba vacío. “voy volando” no había vuelto a casa en muchos días y él estaba triste, también los mayores lo estaban, pues hablaban en voz baja y cuando él se les acercaba, ellos enseguida se callaban.
Matías, después de mucho pensar decidió ir a ver al padre Daniel que era tan bueno con todos y tan listo, que su mamá siempre decía que casi, casi, se parecía a Dios, ¡seguro que él le diría porqué “voy volando” no había vuelto!
3
Subió corriendo la cuesta que llevaba a la iglesia, allí el cielo donde volaban las avionetas casi se podía tocar con la mano, era todo azul, como si lo hubiesen pintado y unas nubes grandes muy blancas se paseaban despacio.
El padre Daniel guardaba unas cosas en la sacristía cuando escuchó unos pequeños pasos, se dio la vuelta y se encontró con los ojos marrones de Matías llenos de preguntas.
¡Hola! ¿Cómo anda todo hoy por la casa de las avionetas?
-. ¿Por qué “voy volando” no ha vuelto a casa desde hace días? ¿Usted lo sabe?
Cuando el padre Daniel escuchó la pregunta del niño cerró sus ojos unos segundos mientras imaginaba una respuesta, luego le dio la vuelta a la vieja mesa que ocupaba casi todo el centro de la sacristía, lo tomó de la mano y salieron al atrio de la iglesia y allí le dijo:
.-Mira ¿ves el cielo? Pues es muy grande y tiene muchos caminos por donde vuelan todos los aviones, y también las avionetas, y a veces alguno se refugian esas grandes nubes cuando hay tormentas y las nubes se despistan y se pierden. Yo creo que eso ha de haberle sucedido a“voyvolando”,peronotepreocupesporqueenelcielonole va a pasar nada y cuando encuentre el camino, regresará.
Matías estuvo pensando y pensando y después decidió que él iría a buscar a su papá al cielo. Entonces, muchos días recorrió el camino de los aviones, para ver si era muy largo, luego subió a la torre de control dónde todos lo conocían y les preguntó a sus amigos los que vigilaban el cielo que le decían a las avionetas para que volasen, y también les preguntó otras cosas que necesitaba saber, cómo cuanto tiempo tarda uno en llegar a las nubes.
Cuando ya supo todo pensó en que tenía que construir una avioneta, pequeña cómo él, y con esa idea en la cabeza ese día Matías volvió contento a su casa.
4
Al día siguiente fue a conseguir una hoja grande de papel del que usaba para hacer los dibujos en su escuela y con ella y la caja de lápices de colores, temprano como cada día, corrió y corrió para llegar antes que el sol al aeropuerto.
Dio los buenos días a la “Chucha” y a la “Jefa” que estaban aún durmiendo y les contó su plan, ¡Iría a buscar a “voy volando”!
En el suelo, con la hoja de papel bien estirada empezó a dibujar: primero el motor, con una gran hélice, lo dibujó con la FE para que tuviese mucha fuerza para poder volar, luego dibujó la cabina, a ella le puso la ESPERANZA para que no tuviese miedo a la hora de despegar y luego dibujó unas bonitas alas y a cada una de ellas les dio la ILUSIÓN para que lo llevaran muy rápido al cielo. A las ruedas les dijo que eran sus amigas, y que no lo fueran a abandonar en el camino.
Cuando terminó pensó que necesitaba ponerle un nombre, igual que a todas las demás avionetas, y ya que iba a ir hasta el cielo Matías pensó que lo mejor era llamarla azul, ¡Azul Azulete!
Se acordó que su mamá siempre ponía un poco de polvo de azulete en la colada para que la ropa se viera radiante, y él quería que su avioneta luciese hermosa cuando llegasen al cielo.
La tarde estaba adormilada cuando Matías terminó de dibujar y bautizar a su avioneta, miró su dibujo y las letras un poco torcidas con las que había escrito su nombre, justo debajo de la ventanilla del piloto. Le pareció que había quedado muy bien y así satisfecho apoyó su obra en la pared del lugar donde “voy volando” llegaba a dormir, lo miró una vez más y pensó que tenía que volver a casa antes de que la tarde se fuera a dormir y se hiciese de noche y su mamá lo regañara por llegar cuando estaba oscureciendo.
Así que, cerró la vieja puerta del almacén con mucho cuidado y volvió a su casa muy contento.
5
La mañana del domingo se había despertado radiante, el sol se reía, las nubes holgazaneaban suspendidas de un cielo diáfano; y Matías gritaba: ¡es un día para volar! mientras bajaba hacia la pista dando brincos aquí y allá camino a la casa de las avionetas.
Cuando llegó frente al viejo almacén se quedó callado por unos momentos, solamente escuchando a su corazón que decía:
¡Azul Azulete … VUELA!
En seguida empujó para abrir la vieja puerta, frente a él, en la esquina, en el lugar donde había dejado su dibujo la tarde anterior, una Azul Azulete, pequeña, nueva y radiante lo estaba esperando para volar, y a Matías hasta le pareció ver que le sonreía cuando se acercó a ella para darle un beso, de tan contento que estaba
¡Ahora sí iría a buscar a la nube que se había llevado a su papá!
Soñar es la mejor manera que tiene un niño para crecer; y el hacerlo le da la posibilidad de tener lo imposible, y cercano lo que está lejos y todo lo que necesita para ser feliz
Matías soñó, y lo hizo tan bien, tan bien, que voló con Azul Azulete hasta el cielo. Lo hizo una mañana diáfana de un domingo, desde un pequeño aeropuerto, de un lugar pequeño.
FIN